¡Cómo hemos cambiado!

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Hubo un tiempo en el que recibía un salario justo por hacer lo mejor que sabía y podía un trabajo que me entusiasmaba… hubo un tiempo en que recibía un salario inmundo por un trabajo esclavo al que le dedicaba más horas y esfuerzos de los que se merecía… hubo un tiempo que lloré por ambos… y ahora solo añoro el primero de ellos, incluso no teniendo ninguno, es mejor no ser esclavo.

Lo entiendo. Yo también he vivido ambas situaciones. Y hoy en día, después de una semana en paro, confieso que me da igual volver a la segunda con tal de poder pagar la hipoteca. He asumido que la “esclavitud” es parte del sino que nos ha tocado vivir, no sé cómo hemos llegado a esto pero estamos vendidos, y de aquí ni salimos ni nos sacan. La dignidad está muy bien hasta que tienes que elegir entre comer o pasar por el aro. De ahí los sucesivos hachazos al Estado del Bienestar en general como ideología, y en particular los recortes a las prestaciones por desempleo en importe y en duración bajo el argumento de que eso conllevará que los parados se esfuercen más, es decir: el aro cada vez más pequeño y la necesidad cada vez más acuciaste. La dignidad es un lujo que hoy algunos no nos podemos permitir.

En los 90 vivíamos para trabajar, era la época de los yuppies y del pelotazo. En la primera década del 2000, antes de que todo se fuera a la mierda, decidimos que queríamos trabajar para vivir, la conciliación de la vida laboral y familiar entró con fuerza en la agenda pública, hablamos de racionalización de horarios para mejorar la productividad y tener empleados motivados y eficientes que rinden más. Y ahora sólo trabajamos para pagar la hipoteca, la luz, el agua, el gas e internet. Y con suerte nos queda algo para cenar una ensaladita, y los días impares una pechuga de pollo.

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