Pedagogía feminista

Estoy completamente HARTA de la exigencia de ser paciente y pedagógica 24 horas al día. Estoy HARTA de la exigencia de ser paciente y educada con los tropocientos trolls que me vienen a incordiar al cabo del día. Estoy HARTA de la exigencia de poner a LA POLLA en un pedestal y tratar a los hombres con delicadeza para que no se ofendan porque si no eres una misándrica de mierda. Estoy HARTA de que me nieguen los imputs que recibimos constantemente porque ello han decidido no prestar atención, y lo que no ven no existe. Estoy HARTA de no poder enfadarme, de tener que ser paciente con el último que me ha visto cara de Wikipedia o el penúltimo que cree que mi vida y mi experiencia están sujetas a debate para entretenerle, porque si le mando a comerle la oreja a otra le hago un Flaco Favor al feminismo, o “a la causa que defiendo” porque todo el mundo sabe que #NotAllMen pero #YesAllAngryFeministLocalcoños.

 

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La pedagogía desgasta. La pedagogía requiere energía, paciencia, capacidad dialéctica para bajar conceptos que tienes completamente asumidos a un nivel de comprensión adecuado a alguien que nunca ha tenido contacto con el tema en cuestión o lo ha tenido de forma muy superficial. La pedagogía requiere tiempo y ganas, y no siempre las tienes. Al enésimo “¿y los hombres maltratados qué?“, al enésimo “¿y las denuncias falsas qué?“, al enésimo “sois muy feministas pero luego bien que entráis gratis en las discotecas“, no sólo es legítimo sino que debería ser perfectamente comprensible el empezar a usar la ironía y el sarcasmo como herramientas útiles de supervivencia. Es eso o mandarlos a todos a la mierda directamente, según cómo tenga el día.

 

Y, por último, la pedagogía requiere un terreno fértil sobre el que verter estas semillas.

Cuando la otra parte no tiene intención de aprender nada de lo que digas, sino que quiere convencerte de que estás equivocada, eso no requiere pedagogía: eso es un debate, y funciona de otra manera, con otras reglas. No me exijas ser pedagógica mientras la otra persona no quiere aprender sino convencerme, porque 1) no tengo por qué estar dispuesta a debatir sobre mis planteamientos o sobre mi experiencia con el primer fulano que se me cruce para decirme lo equivocada que estoy, “mira bonita ATIENDE QUE MI POLLA TE VA A ENSEÑAR CÓMO FUNCIONA EL MUNDO”. A pastar. Y 2) dependiendo de los términos del debate, y de si me apetece tenerlo o no, tengo derecho a ser tan dura como mi interlocutor exija, h ahí la exigencia de ser pedagógica no es más que un burdo intento de desactivar un tono duro que, curiosamente, solo se le exige a una de las partes.

Que no. Que la fase pedagógica ya la dejé atrás. Que no te voy a explicar la diferencia entre “no estoy de acuerdo porque” y “eso que dices es una puta mierda, lo que tienes que hacer es“. Si a estas alturas no ves la diferencia, yo no te la voy a explicar.

O bueno, igual sí te lo explico, pero a mi manera:

El pedaguicidio es la pedagogía más dura. Educando y castigando en una fusión perfecta de bilis y cuidados. ¿Para qué perder la ocasión de decirle a un machirulo que es escoria? Díselo y explícale por qué, ¡dos pájaros de un tiro!

Pedaguicidio: concepto acuñado por Lidia Infante y Sara Riot.

 

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