Cuando la vida te da una segunda oportunidad

Llevo más de un mes sin acercarme a un teclado a escribir algo mínimamente elaborado, y es que las últimas semanas han sido una auténtica locura, incluso las píldoras dominicales han quedado temporalmente en suspenso porque no tenía la cabeza como para leer más que chorradas que no requieran mucho análisis y disección. Pura lectura de evasión, y en ocasiones ni eso.

Descubrir las trampas que me tiende mi cerebro y aprender a frenarlas, el reconocerme como una adicta con pleno derecho a meter la pata y asumir que forma parte del proceso, la reivindicación del derecho al error, el decidir a quien perdono y hasta dónde, poner a prueba los límites de la sororidad hasta que me fuera la salud en ello… El pasado me ha golpeado con fuerza y todo mi mundo se ha puesto del revés unas pocas semanas. Siento como si hubieran puesto mis emociones en el vaso de una minipimer y se hubieran hecho un batido.

No estaba preparada para nada de lo que ha ocurrido, y me ha cogido con el pie cambiado.

No me esperaba la conversación de aquella noche cuando perdí el control, y aún mucho menos me esperaba lo que vino después. Admitir su culpa, confesar el miedo, revelar todas las mentiras, la honestidad por fin, encajar todas las piezas del puzzle, pedir perdón, trabajar para cambiar, pedir ayuda, déjame compensarte por todo el daño que te he hecho / ni en tres reencarnacionesMi opinión sobre la rehabilitación ha cambiado bastante desde que escribí el post después de ver el programa de Salvados acerca de la violencia de género emitido en La Sexta, sobre todo cuando hablamos de terapia voluntaria y no impuesta como medida alternativa a la prisión.

 

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Soy muy consciente de los riesgos, ha sido una decisión meditada durante bastante tiempo, y he tomado medidas para protegerme. Entre ellas continuar con la terapia reenfocada a la nueva situación y trabajar mi dependencia emocionalMe costó dos años ponerle fin al bucle lo dejamos – volvemos – lo dejamos – volvemos – lo dejamos – volvemos como para permitirme el lujo de volver a esa mierda si sale mal, y no nos engañemos, las probabilidades de que salga mal son altísimas. Y, en segundo lugar, rodearme de una red de seguridad que confíe en mi criterio sin juzgarme pero a la vez que no me permita ceder ni un centímetro al autoengaño.

Me han dicho que es una locura, y tienen razón, lo es y lo sé de sobras. Me han dicho que aunque todo el mundo se merece una segunda oportunidad, no necesariamente tiene que ser a costa mía, y también tienen razón. Pero esto no es solo darle una segunda oportunidad a él: también es dármela a mi misma. Si no le hubiera visto como le vi, abrumado por la culpa, arrepentido y con autentica voluntad de cambiar, ni me lo plantearía. Pero le he visto dar los primeros pasos por su cuenta para cambiar, y quiero acompañarle en ese camino. Se ha visto al borde del abismo y se ha dado cuenta de que ese camino le lleva a la autodestrucción. Me dio incluso las gracias por hacer lo que hice, y admitió que de otra forma no me habría escuchado. Si es capaz de matar al monstruo, me merezco disfrutar del hombre del que me enamoré.

Soy muy consciente de dónde me estoy metiendo, y también que de aquí solo se sale de dos maneras: o recupero la fe en la humanidad, o la pierdo para siempre.

 

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