Violencia de género y suicidios: las víctimas olvidadas

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Como decíamos ayer… de entre las lecturas feministas del año pasado, me gustaría empezar por una que considero es de las más desgarradoras, por el impacto que tiene sobre la vida de las mujeres y por lo que tiene de oculto y ocultado. La relación entre suicidio y violencia de género. Esas víctimas que están ahí pero no aparecen ni en las estadísticas ni en los medios de comunicación. Las víctimas olvidadas. Ayer ya me entretuve un rato en desmentir el bulo de los 9.000 hombres que se suicidan al año víctimas de divorcios abusivos y denuncias falsas. Hoy vamos a hablar de las mujeres que sufren violencia de género durante años y, en un momento determinado, llegan al límite de su aguante y no ven otra salida para terminar con el sufrimiento que les provoca una vida marcada por la violencia que acabar con su vida.

Miguel Lorente, Cruz Sánchez de Lara y Covadonga Naredo han trabajado sobre una idea de Enriqueta Chicano y han desarrollado un completo informe sobre la relación entre suicidio y violencia de género que me gustaría comentar en detalle.

Las estadísticas oficiales y el conteo minucioso de organizaciones como Feminicidio.net de las mujeres asesinadas por hombres con quienes mantenían o habían mantenido una relación afectiva arroja una cifra anual de entre 60 y 80 mujeres asesinadas de media. Sin embargo, esto no es más que la punta del iceberg.

Algunos de los motivos que explican por qué los datos de asesinatos machistas que recogen las asociaciones no coinciden con las cifras oficiales son los siguientes:

  • La falta de una adecuada recogida de datos, que hace que muchos homicidios no sean relacionados con sus circunstancias, o no entren dentro de la categoría estricta de violencia de género recogida en la LIVG. Por ejemplo, Serio Morate, el autor del doble asesinato de Cuenca, asesinó a su ex novia y a la amiga de ella cuando la acompañó a recoger sus cosas, tras hacerle pasar un infierno durante su relación. Las cifras oficiales, únicamente contemplan a la ex novia del asesino como víctima de violencia de género. También quedan fuera de los recuentos oficiales las mujeres prostitutas aunque el móvil del asesinato fuesen los celos, y recientemente hemos asistido atónitas también a la sentencia de un juez que no consideraba el asunto propio de violencia de género porque víctima y agresor “llevaban poco tiempo de relación”.
  • En otras ocasiones no se conoce a ciencia cierta el autor material (no hay confesión de autoinculpación ni testigos) y se espera a que la sentencia judicial lo determine, lo cual hace que, hasta que se celebre el juicio, dado que habitualmente transcurre más de un año, no se incluyan en las estadísticas oficiales.
  • En otras ocasiones ocurre que hay más de un delito, pero en las estadísticas solo se computa uno de ellos.
  • La muerte diferida en el tiempo es otro criterio que hace variar las cifras del ministerio de los recuentos por parte de asociaciones especializadas, ya que en muchas ocasiones la víctima es trasladada al hospital con vida, falleciendo días después, y no se establece una relación directa con las circunstancias de la agresión.
  • El incremento de a presión social y la sensibilización sobre el tema ha conllevado a que, progresivamente, las cifras oficiales sean cada vez más cercanas a la auténtica realidad que representan.

A falta de datos más fiables por lo que aplica a suicidios consumados y tentativas de suicidio, recurriré a la base de datos del Instituto Nacional de Estadística, aún siendo consciente de las enormes carencias que tiene esta metodología. Todavía queda un vacío muy grande en cuanto al análisis de los suicidios de mujeres y su relación con la violencia de género, dado que no puedo cruzar los datos de suicidios con mujeres que habían denunciado, ni calibrar por mis propios medios la distancia en el tiempo entre un hecho y otro. El propio Instituto Nacional de Estadística no tuvo acceso a los datos del Instituto Anatómico Forense de Madrid hasta 2013. La OMS insiste en que los suicidios se pueden prevenir, actuando sobre factores de riesgo como el maltrato.

Los datos obtenidos de la base de datos del, comparados con la población a diciembre de cada año, arroja las siguientes cifras en valores absolutos y en ratio por cada 10.000 habitantes mujeres.

Ha que tomar estos datos con una enorme prevención, ya que no todos los suicidios consumados son registrados por el INE, ni siquiera por el Instituto Anatómico Forense. Entre los motivos de este fenómeno encontramos el estigma social, la precipitación a la hora de consignar las causas de la muerte, y el falseamiento de la información por la creencia de que de constar la causa de la muerte como suicidio los familiares no cobrarán el seguro de vida, entre otros. Las cifras reales podrían rondar alrededor de un 25% más.

Entrando ya en materia, algunos puntos interesantes del libro que quería reseñar, que me parece que vale la pena destacar:

Efectos psicológicos de la violencia de género que impactan en el riesgo de suicidio

Las mujeres que sufren violencia constante tienen 12 veces más probabilidades de suicidio que el resto de mujeres, y el doble de probabilidades de sufrir problemas físicos o mentales. El ejercicio de la violencia implica la destrucción premeditada de la red de apoyo social de la víctima. Se repite la situación de estar atrapada, sin salida. Para muchas mujeres, efectos psicológicos del maltrato son más debilitantes que los efectos físicos.

Miedo, ansiedad, fatiga, estrés postraumático y desórdenes del sueño y la alimentación constituyen reacciones comunes a largo plazo ante la violencia. Las mujeres maltratadas se hacen dependientes y sugestionables y encuentran dificultades para tomar decisiones por sí mismas. La relación entre el maltrato y la disfunción psicológica tiene importantes implicaciones con respecto a la mortalidad femenina, debido al aumento de suicidios por esta causa y de que el maltrato puede ser el precipitante más importante identificado hasta ahora y relacionado con los intentos de suicidio femenino.

Se calcula que el maltrato es la causa del 25% de los intentos de suicidio en todas las mujeres. Eso nos deja durante la última década entre 200 y 250 mujeres que han perdido la vida cada año como consecuencia directa de la violencia de género y no aparecen en las estadísticas. Es por datos como este que siempre digo que el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas constituye tan solo la punta del iceberg de la violencia de género, el grado más extremo de la violencia. Que una mujer alcance el límite de su tolerancia y no encuentre otra salida a su situación que poner fin a su vida es un grado de violencia que está a solo un pasito del asesinato machista.

Hay que tener en cuenta que el maltrato a la mujer no es un hecho puntual, ni siquiera la repetición de una serie de hechos aislados con mayor o menor frecuencia, o con mayor o menor intensidad. La violencia de género se caracteriza por su continuidad y por la intención de sometimiento. El maltratador no busca provocar unas lesiones determinadas: quiere someter a la víctima a su voluntad. El objetivo es lograr la sumisión de la víctima.

Razones socioculturales de la permanencia de la mujer en una relación caracterizada por la violencia

Hay razones socioculturales que hacen que la mujer permanezca en ese tipo de relación, incluyendo la falta de alternativas, el temor a la desaprobación de familiares y amigos, la preocupación por la pérdida de sus hijos y su hogar, y el miedo a las represalias del agresor. La mayor parte de los asesinatos machistas ocurren en los momentos finales de la relación, cuando la mujer ha tomado la decisión de alejarse, por lo que este miedo tiene sentido.

Cuanto más se aleja ella, mayor es la tensión para hacerla volver. Para una persona debilitada físicamente, anulada psíquicamente, aislada de su entorno más directo y temerosa de dar los pasos necesarios, será muy difícil lograr escapar. Es necesario que actúen los mecanismos sociales, desde los lazos familiares hasta las asociaciones de apoyo pasando por personal sanitario y fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para que la mujer víctima de violencia de género se sienta respaldada y segura para dar el paso de alejarse de la relación, se decida finalmente a denunciar o no.

No se puede obviar el hecho de que una gran parte de la sociedad culpabiliza a la mujer, tanto por la agresión en sí (ya que consideran que la ha precipitado por no comprender al marido o por no cumplir correctamente con su rol femenino dentro de la pareja), como por tomar cualquier tipo de iniciativa para salir de la situación en la que se encuentra. Si toma medidas para terminar una relación caracterizada por la violencia, esto podría provocar la ruptura de la familia de lo cual ella sería señalada como responsable, criticando más aunque resulte paradójico su decisión de separarse y las consecuencias derivadas de ello, que la propia conducta violenta del hombre. Cabe preguntarse hasta qué punto somos cómplices como sociedad tanto de los asesinatos machistas como de los suicidios de mujeres que no encuentran otra alternativa, al señalarla a ella como culpable de la ruptura familiar cuando a lo único que aspira es a una vida libre de violencia.

Si a estas circunstancias unimos la dependencia económica entre la víctima y el agresor, y la dificultad inherente a nuestra sociedad de iniciar una nueva vida, especialmente en los casos de la mayoría de las mujeres separadas (edad madura, separada, hijos, sin trabajo o con trabajo precario y mal pagado…) no debería resultar difícil de entender por qué la mujer tiene tantas dificultades para dar el paso para romper la relación, posponiendo esta decisión durante años.

Relación inversa entre denuncias y suicidios

Según parece hay una relación inversa entre denuncias y suicidio. El aislamiento y la dificultad para encontrar apoyos y recursos para superar la violencia de género pueden llevar a más mujeres a contemplar el suicidio y no la denuncia como salida a su situación.

En las comunidades autónomas con mayor densidad de población hay una mayor tasa de denuncias por malos tratos, mientras que la tasa de suicidios des menor, ocurriendo al contrario cuando la densidad de población es más baja. Parece haber, por tanto, una relación inversa entre denuncias y suicidio, apuntando a una serie de condicionantes que puedan favorecer que las mujeres se decidan a denunciar la violencia de la que están siendo víctimas, mientras que otros factores como el aislamiento y la dificultad para encontrar apoyos y recursos con los que superar la situación, unidos a una mayor presión social, pueden desembocar en el suicidio como vía de salida. De nuevo vemos cómo la implicación tanto de las administraciones públicas como de las redes de apoyo son fundamentales como mecanismos para prevenir que la violencia de género desemboque en suicidio.

Relación entre hijos y víctimas de violencia que recurren al suicidio

Contrariamente a lo que pudiéramos creer de manera intuitiva, las mujeres con hijos que sufren violencia de género consideran el suicidio, y lo llevan a cabo en mayor % que las mujeres sin hijos. Encontramos tres posibles explicaciones a este fenómeno:

  • Mayor dificultad para abandonar la relación.
  • Percepción de que el vínculo con el agresor no desaparecerá con la ruptura de la relación, incluso el efecto de la violencia psicológica puede ser más dañino al utilizar a los hijos como arma arrojadiza y de chantaje, situación que por lo general ya ha experimentado antes debido a separaciones temporales previas.
  • El deterioro psicológico y social puede actuar como un estresante añadido que contribuye al derrumbe emocional.

Después de una tentativa fallida de suicidio, ¿qué?

La forma más habitual de tentativas suicidas por parte de víctimas de violencia de género es mediante los medicamentos para tratar las consecuencias de la propia violencia de género. Sobreingesta combinada de ansiolíticos, antidepresivos y analgésicos. Por suerte, esa medicación no suele ser muy intensa, lo que facilita que sean atendidas de intoxicación y suelen presentar una alta rescatabilidad. De ahí que las tentativas de suicidio fallidas en las mujeres sean tan altas, los hombres por lo general tienden a utilizar métodos más violentos y de más baja rescatabilidad. Es falsa por lo tanto esa idea tan extendida de que “quien quiere suicidarse se suicida, y todo lo demás es por llamar la atención“. De hecho, esa llamada de atención en sí misma debería hacer reflexionar al entorno de la víctima, en lugar de culpabilizarla por no encontrar otra salida a su situación.

La asistencia en la mayoría de los casos parte del agresor, que quiere continuar la relación bajo un patrón de dominio-sumisión, no acabar con ella. En el 88% de los casos la relación no mejoró tras la tentativa de suicidio. El 54% de los agresores culpabilizaron a las víctimas.

Como resumen podríamos concluir que no es tanto la violencia física extrema la que conduce a la muerte, sino que en la gran mayoría de los casos es el clima de dominio el mayor indicador del desenlace, sea como desencadenante del inminente asesinato machista o de un intento de suicidio. Sin embargo, mientras que las mujeres asesinadas son visibilizadas en los medios de comunicación, hay un terrible velo de silencio tras el que se ocultan los suicidios de víctimas pro violencia de género, las grandes olvidadas.

 

 

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