Acabo de terminar La Trampa de la Diversidad, el polémico libro de Daniel Bernabé publicado el año pasado por la editorial Akal. La polémica le precede, así que no me ha sorprendido. En julio del año pasado Alberto Garzón le dedicó una crítica demoledora, a la que el autor respondió en mi opinión desvalorando su propia obra y admitiendo públicamente que no se había documentado demasiado para escribir el libro. No, desde luego, eso no hace falta que lo jures.

He ido tomando algunas notas a lo largo de la lectura del libro, perdonad si parece un resumen algo desordenado:

  1. Datos. ¿Dónde están? Solo hay una cita a un estudio sociológico riguroso sobre quien cree ser clase media y quien realmente encajaría en este colectivo por nivel socioeconómico, y es de POLONIA. Ni una sola referencia a algún estudio del CIS por ejemplo. Todo el libro es un compendio de anécdotas de cultura pop. El plural de anécdota no es datos.
  2. Variables explicativa y explicada: igual soy yo que no he entendido nada, pero no me queda claro cual es la relación entre variables, ni cuales son las explicativas, más allá de una especie de conspiración neoliberal a lo Men In Black para colonizar las mentes gracias al control del relato a través del dominio de los grandes medios de comunicación y el ascenso al poder de partidos conservadores a partir de los años 80.
  3. Falsa dicotomía: desde el título a la contraportada, las falsas dicotomías recorren todo el libro de punta a cabo. Me resulta especialmente sangrante cuando en el capítulo V menciona que las personas en silla de ruedas no deberían tener que elegir entre que dejen de llamarlos discapacitados (esfera de lo simbólico o cultural) y que las administraciones eliminen las barreras arquitectónicas (esfera de lo material). ¿En serio tienen que elegir? ¿En qué mundo ambas reivindicaciones son incompatibles?
  4. El socialismo como solución a las discriminaciones: Admiro su ingenuidad a prueba de bombas cuando afirma en el capítulo II que el socialismo solucionaría las discriminaciones no solo de clase sino también de género y de etnia o estatus migratorio. Probablemente la primera mujer que tuvo que escuchar eso de que el feminismo es un invento burgués para dividir a la clase obrera fue Alejandra Kollontai. Los grandes clásicos no pasan de moda. Fue Engels quien dijo que, en la familia, el hombre es el burgués y la mujer representa al proletario, pero a Daniel convenientemente esto se le olvida. Olvida que fue Robert Owen quien en 1817 acuñó el lema «ocho horas de trabajo, ocho horas de recreo, ocho horas de descanso», un reparto que solo puede llevarse a cabo por quien tiene todas las tareas de cuidados resueltas, otro aspecto que Bernabé olvida muy convenientemente.
  5. La cuestión de la identidad: el alegato de Bernabé es tan identitario como el activismo que critica, pero él parte del privilegio de que su identidad ha sido tradicionalmente el paradigma de lo estándar, del neutro, mientras que el resto de identidades hemos sido siempre «la otredad». Cuando hace un repaso a los acontecimientos históricos más destacables, no nos habla de la historia de la humanidad: su relato es el de la historia DEL HOMBRE. Su identidad de hombre blanco hetero de mediana edad, estudios universitarios e ingresos estables es «lo normal», «lo estándar», y todo lo que se salga de ahí es la alteridad. Hasta tal punto su identidad es neutra que ni siquiera la percibe como diferenciada.
  6. Idealización del pasado, nostalgia de clase: constantemente alude a un pasado imaginario e idealizado en el que la izquierda como activismo político era un bloque monolítico. Si tuviera más mala leche de la que gasto, podría llamarlo «Izquierda Unida». La historia de la izquierda que Daniel no recuerda es una historia de luchas internas, de exigencias de pureza ideológica, de purgas y de escisiones… En el mundo maravilloso de la izquierda idealizada de Bernabé no existieron los estalinistas ni los trostkistas, los bolcheviques ni los mencheviques, los jacobinos ni los girondinos, Iñigo Errejón ni Pablo Iglesias. Nada de eso ha existido, la izquierda era un grupo de alegres camaradas sin divisiones internas hasta que aparecieron las mujeres, los gays y los inmigrantes queriendo tener su cuota de representación y a partir de ahí se fastidió todo y la izquierda se fragmentó en mil pedazos. Claro que sí.

En fin, que su crítica al desclasamiento generalizado me parece acertada, pero creo que comete el error de disparar al pianista.

Me quedo con la sensación de que La Trampa de la Diversidad tenía un buen punto de partida y en el desarrollo se estrella estrepitosamente. Si tuviera que definirlo en dos palabras, estas serían sin duda: fraude intelectual.

 

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