VOX ha llegado a las instituciones con un discurso demoledor: vienen a arrasar con el panorama político tal y como lo conocemos, a dinamitar los consensos y a devolvernos a un pasado en el que las tradiciones con las que ellos se sienten cómodos eran poco menos que obligatorias en un Estado nacionalcatólico, las feministas no osaban cuestionar la voluntad del varón y cabeza de familia, y las administraciones públicas no dilapidaban el dinero del contribuyente en «chiringuitos».

Hasta ahí, legítimo. Minoritario, pero legítimo. Cero pegas al discurso reaccionario de VOX: quien lo quiera, que lo compre. Si quieren negarse a ver que la sociedad avanza, quieran ellos o no, es su problema. El problema pasa a ser de todos cuando la necesidad de tocar poder del Partido Popular y de Ciudadanos, sobre todo por motivos de supervivencia política y de viabilidad económica, en teoría en posiciones más moderadas que VOX, lleva esa desesperación a sobredimensionar la influencia política de un partido ultraconservador por la vía de alcanzar acuerdos de gobierno sobre un programa de máximos que no tiene respaldo social suficiente. Porque las decisiones políticas derivadas de los acuerdos suscritos con VOX por los partidos que están hambrientos por gobernar (PP y C’s) nos van a afectar a todos y a todas. Y fíjate, incluso hasta ahí podríamos decir que es legítimo que utilicen su minoría de bloqueo para mover a otros partidos a posiciones para las que no fueron votados, pero cuyos votantes verían las medidas extremas pactadas como un mal menor frente a la posibilidad de que gobierne la izquierda y levanten gulags en Vallecas, monten guillotinas en la Plaza del Sol, empiecen a expropiar bancos, a nacionalizar empresas energéticas y a meterte ocupas en casa si te vas una tarde al cine. El PP al menos no ha engañado a nadie, y quien se dejara engañar por Ciudadanos a estas alturas de la película, o es tonto o finge serlo.

El mayor problema lo veo en la mentira sobre la que está montado su discurso y su programa electoral. Ya es estomagante el abuso de la palabra «libertad» para esconder lo que consideran su legítimo derecho a imponer su propia ideología, le pese a quien le pese y con el coste social que sea. Un ejemplo es la pretendida «libertad» de los padres para imponer una orientación sexoafectiva determinada a sus propios hijos incluso sometiéndoles a terapias de tortura si es necesario. Y otro ejemplo, del que hablaré hoy, es su discurso de «hemos venido a desmontar los chiringuitos» que realmente quiere decir «hemos venido a sustituir todos esos programas sociales que no nos gustan por nuestros propios chiringuitos«. En Madrid han empezado ya con el acuerdo en el ayuntamiento para investir a Martínez Almeida como alcalde de la capital a cambio de instaurar los chiringuitos que sí son del gusto de VOX: toros y Semana Santa.

En Andalucía, el acuerdo de gobierno entre la derecha trifálica ha llevado a suprimir el impuesto de sucesiones a quienes hereden un patrimonio de más de 1 millón de euros, y a subir el precio de las plazas de las guarderías públicas que llevaban años congeladas. Y en Madrid aún no sabemos qué van a recortar pero sí sabemos a quienes van a afectar los recortes. Ya os lo digo yo: a las rentas más bajas. Para aumentar las subvenciones a los toros y a la Semana Santa. El argumentario justificándolo es que responden al sentir mayoritario de los españoles. ¿Seguro? Veamos.

Empecemos por la Semana Santa. Admitiremos las procesiones como una manifestación folclórica más que como un símbolo cultural representativo de una tradición religiosa, porque si las tomáramos como tal tendríamos que admitir que si la Iglesia Católica está en franca decadencia en lo que respecta al apoyo social que recibe, si concebimos la Semana Santa como una manifestación de la Santa Madre Iglesia, también. Pero puedo admitir sin problemas que la Semana Santa, como manifestación cultural, reciba mayor aceptación popular que la Iglesia que la impulsa. A mí personalmente me apasiona el arte sacro, y la Iglesia como institución me repatea el hígado, te acepto la contradicción. Puedo conceptualizar sin problemas la devoción por la Blanca Paloma, la Moreneta o la Virgen del Pilar si que haya un sentimiento de fervor religioso que lo motive, simplemente como manifestación de arraigo y de apego a los símbolos locales. Sin problema. Pero entonces, si nos creemos que vivimos en un país constitucionalmente aconfesional, lo justo es reclamar el mismo trato para la Semana Santa que para los gigantes y cabezudos, la Patum de Berga, la mercé, las fiestas de moros y cristianos, las Fallas de Valencia, las fiestas de San Isidro… o la semana del Orgullo, por ejemplo. Pero, oh vaya, qué contradicción: VOX quiere mandar las fiestas del Orgullo lo más lejos posible donde no molesten a la vista de la recta moral cristiana y suscribir un acuerdo para que los organizadores se hagan cargo de la limpieza, mientras pasea las procesiones de Semana Santa por todo lo puto centro, que se ve que los pasos de penitencia no provocan atascos porque si la fé mueve montañas también puede mover coches, furgonetas y autobuses; y la cera de los lamecirios se limpia del suelo con dos padrenuestros, tres avemarías y una brigada de limpieza que no se paga con dinero público porque el señor es mi pastor, nada me falta.

Si entendemos la Semana Santa como una manifestación religiosa, no forma parte de la identidad más que de una minoría y no responde al argumento del «sentir mayoritario de los españoles», pues mal que les pese a quienes añoran el nacionalcatolicismo impuesto a machamartillo, el sentimiento religioso católico en España lleva décadas en retroceso, así que no procede destinar dinero público a financiar ese chiringuito. Y si entendemos la Semana Santa como manifestación cultural, entonces sí te acepto el apoyo mayoritario y el apoyo de las instituciones públicas, y reclamo idéntico apoyo para todas las manifestaciones culturales locales, sean del tipo que sean: mismo apoyo institucional para la Semana Santa, la tomatina o las fiestas del Orgullo. Lo que no acepto es que hagáis trampas al solitario.

Y ya el chiringuito de los toros es harina de otro costal, porque aquí no estamos hablando de fiestas populares: estamos hablando de destinar dinero público a un negocio privado, con un mercado en retroceso y cuyos valores no es que no respondan al sentir mayoritario de los españoles: es que son abiertamente contrarios, hasta el punto que varios parlamentos autonómicos han votado su prohibición, empezando por Canarias y Catalunya. Y allí donde se han aprobado medidas generalistas en contra del maltrato animal y no han quiero prohibir expresamente las corridas de toros porque el lobby taurino es fuerte en la defensa de su chiringuito particular, han tenido que añadir excepciones expresas a la tauromaquia. Si un negocio privado es incapaz de sobrevivir sin apoyo y subvenciones públicas, ¿de qué «sentir mayoritario» estamos hablando?

En resumen: a VOX, en tanto que nuevo actor político, le admito que se posicione abiertamente y defienda como ellos dicen, «sin complejos«, su modelo de sociedad. Lo que no le admito, ni a VOX ni a nadie, es la mentira y la manipulación. Si vienes a cargarte los consensos, hazlo de frente y sin engañar a nadie. Y si tienes el apoyo mayoritario, me tocará joderme y asumir que en la sociedad en la que vivo los consensos sociales han cambiado. Pero con la mentira y la manipulación como herramientas, no me pienso quedar callada.

 

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