Poder y producción institucional del miedo

No toda la violencia resulta disfuncional al sistema y a la cohesión social. Determinados tipos de violencia resultan funcionales para el mantenimiento de los valores culturales dominantes. La violencia de la policía en un ejercicio de contención contra los manifestantes, la violencia de los hombres contra sus parejas mujeres para que no se salgan de los cánones que su género les impone en una sociedad patriarcal[1], y la violencia de los adultos perpetrada contra la infancia para educar en la docilidad[2], son algunos ejemplos de violencias funcionales al sistema.

La estrategia del miedo, la amenaza (ya sea directa o velada) ante el riesgo de sufrir determinado tipo de violencia es utilizada como mecanismo de control social, que afecta en mayor medida a algunos colectivos muy concretos, limita su libertad, condiciona su comportamiento y su posición en el espacio público.