La opinión pública está dividida. Hay quien considera un comportamiento aceptable, incluso elogiable pasarse el día con la nariz pegada a la ventana controlando los movimientos de todo el vecindario y los motivos que alegan (o imaginan) para salir de casa. Y luego estamos quienes observamos cómo antes el reproche social era un mecanismo de control social no coactivo que se está volviendo violento y coercitivo cada día que pasa. Quienes consideramos que esta categorización dicotómica entre «buenos» y «malos» se va a llevar por delante la cohesión social. Que estar controlando a todas horas los movimientos de los vecinos un día tras otro es un ejercicio insano.

La opinión pública está dividida. Hay quien considera un comportamiento no solo aceptable sino incluso elogiable pasarse el día con la nariz pegada a la ventana controlando los movimientos de todo el vecindario y los motivos que alegan (o que imaginan) para salir de casa, los motivos que los malvados vecinos ocultan (desde los balcones son capaces de leer la mente y descubrir las intenciones reales), y ven perfectamente legítimo gritar e insultar a quienes se saltan el confinamiento «porque son más chulos y se creen más listos». Les da completamente igual que el destinatario de sus insultos sea un padre con un niño autista o una madre sola con niños pequeños que no puede dejar solos en casa.

Hay quien argumenta incluso que quien tenga motivos autorizados para salir de casa debería ponerse un distintivo, un chaleco reflectante (una letra escarlata, una estrella de David…) o algo que permita identificarlos desde los balcones y los categorice en el bando «los buenos» para distinguirlos de «los malos» y que puedan esquivar así los gritos y los insultos del vecindario erigido en guardia de seguridad global. En palabras de Eva Adore, los presos vigilando a los otros presos con más celo que el carcelero que nos ha encerrado a todo.

Y luego estamos quienes, como yo, observamos cómo antes de que el mundo se viniera abajo el reproche social era un mecanismo de control social no coactivo que se está volviendo violento y coercitivo cada día que pasa, y que nos recuerda a épocas no tan lejanas que creíamos felizmente superadas. Quienes consideramos que esta categorización dicotómica entre «buenos» y «malos» se va a llevar por delante la cohesión social. Que estar controlando a todas horas los movimientos de los vecinos un día tras otro es un ejercicio insano. Que tener prejuicios es normal, lo peligroso es cuando esos prejuicios nos llevan a atribuir aviesas intenciones de acabar con nuestra vida y la de nuestros seres queridos a aquellos con quienes compartimos barrio, calle o incluso bloque de edificios. Que esta Gestapillo de balcón no es nadie para juzgar, que no tienen ni puta idea de lo que tiene cada cual en la nevera, lo que necesita comprar, los movimientos que tiene que hacer, el encaje de bolillos que tienen que organizar en su logística doméstica y familiar para lidiar con este confinamiento. Que ya tenemos suficiente policía, no necesitamos más. Y que, ya que no se van a meter la lengua en el culo, por lo menos podrían aprovechar el confinamiento para hacer algo útil y prepararse el temario a las oposiciones para juez, que la actitud ya la tienen.

Realmente no creo que se trate de «malas personas». Intento huir de esa categoría moral todo lo que puedo. Lo que sí creo es que les mueve una mezcla, no sé en qué proporciones, de miedo, rabia, envidia, impotencia y ganas de colaborar mal canalizadas. Desarrollaré este último item.

Tenemos por un lado al personal sanitario que se está dejando la piel en los hospitales para frenar la epidemia y a quienes salimos cada noche a las 8 a aplaudir al balcón. Por otro lado, tenemos a transportistas, personal de supermercados, gasolineras, transporte público, limpieza, etc. que siguen trabajando pese al riesgo de contagio para mantener el país en pie y que quienes estamos confinados no nos muramos de asco ni se acumule la mierda en las calles ni en los centros de trabajo mientras tanto. Luego hay gente que hace lo que puede: hay quienes cosen mascarillas en sus casas con camisetas viejas, hay quienes han construido respiradores 3D, quienes están subiendo contenido a internet para entretenernos desde rutinas de ejercicios para hacer en casa hasta lecturas de cuentos para niños… Cada cual arrima el hombro como puede.

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Y luego estamos los cachos de carne con ojos como yo, que no aportamos nada. Nos limitamos a mirar a nuestro alrededor confundidos, a intentar entender lo que está pasando, y a pasar los días de confinamiento como buenamente podemos. Pero hay un subgrupo aquí que eso no lo lleva nada bien. Quieren aportar también su granito de arena, lo cual es muy loable, pero no saben qué hacer ni cómo. Y lo único que han encontrado que les sirve como válvula de escape y como mecanismo para lidiar con la frustració es abroncar a los transeúntes que pasan por debajo de sus ventanas. Esa es su aportación a esta pandemia: ejercer de policías, controlar las calles desde sus ventanas; vigilar que no salga nadie a la calle, y si alguien sale, abroncarle a gritos hasta que se le quiten las ganas de volver a salir. Por listo. Como dice Pangur Ban en una metáfora que encuentro de lo más apropiada en este contexto: son las presas de confianza, los presos vigilando a otros presos como decía más arriba.

Da igual que no tengan ni puñetera idea de los motivos por los que cada persona ha tenido que salir de su casa: se los imaginan, y con eso es suficiente. Llevan un cuadrante de los movimientos de todo el vecindario, saben qué vecino, qué día y a qué hora primero salió a por leche y después fue a comprar el pan; quien pasea al perro aunque antes nunca jamás lo hubiera hecho (que antes del apocalipsis quizá no coincidieran en horarios ni se lo plantean), tienen a todo el mundo registrado por bloque, saben dónde vive cada uno, cronometran el tiempo que salen con el perro y han establecido un perímetro legítimo de paseo que, si es traspasado, desearían que les pegara un calambrazo como la alambrada de Jurassic Park.

Desde que empezó este comportamiento, alentado y jaleado desde los medios de comunicación, no he hecho otra cosa que preguntarme: vale, la gente en general no debe estar en la calle, pero ¿por qué tienes que ser precisamente TÚ quien se lo diga? ¿Por qué tienes que ser TÚ quien les señale su comportamiento, les grite, les insulte y les mande a casa… y además lo grabe, lo suba a redes sociales, lo difunda por whatsapp? ¿Qué te impele a recriminarles su actitud? ¿Es una forma de reivindicarte, de afirmar tu identidad como miembro del bando de «los buenos», «los que cumplen las reglas»? Y algo de eso hay, la necesidad de pertenencia y de integración social, el proceso de construcción de la identidad propia por medio de la categorización social que se activa cuando reivindicamos nuestra pertenencia a un grupo, nuestra adhesión a una categoría, por contraposición a quienes no pertenecen a ella. Eso y que, para pertenecer a la categoría de quienes están arrimando el hombro para salir de esta crisis sanitaria, tienen que ofrecer algo al común, y no encuentran otra cosa que aportar. Y sin aportar nada, no se puede pertenecer a esa categoría.

Aventuro la hipótesis de que esta necesidad de adhesión a una categoría social esté detrás también del fracaso en las campañas contra la violencia de género del tipo «no estás sola, la sociedad está contigo«, y que sostengo desde hace tiempo que están alejadísimas de la realidad. La última vez que lo miré, las intervenciones de la policía en casos de violencia de género por llamadas que no fueran de la propia víctima, de amigos o familiares,  o del personal sanitario al activar el protocolo, eran cifras mínimas. Pueden oír gritos, insultos, llantos y golpes a través de las paredes, que no llaman a la policía porque «son cosas de pareja, no te metas«. Me he acordado estos días del caso de Mario Calderón, que en junio de 2015 acabó con la vida de su pareja estrellándole la cabeza contra el lavabo repetidas veces, golpeándole la cabeza con la tapa de una cisterna. Nadie oyó nada, ningún vecino se sintió concernido, nadie llamó a la policía. Sin embargo ahora sienten la necesidad imperiosa de gritar a un adulto por pasear por la calle con un niño de la mano. Ahora sí sienten la necesidad de reivindicarse como parte del grupo de «los que están haciendo algo» por esta pandemia. Pues os recuerdo que, según la ONU y la OMS, «la violencia contra las mujeres es una pandemia global«. Recordadlo la próxima vez que queráis aportar algo a esta sociedad.

¿Por qué en algunas comunidades no se ha gritado a nadie, y en otras es un festival de gritos e insultos a cualquiera que ose salir a la calle? Sin datos sociodemográficos en la mano, apunto dos hipótesis:

1. Quienes gritan en las ventanas son mayoritariamente mujeres. Me arriesgaría a decir incluso mujeres solas jefas de familia en hogares monomarentales y/o con personas dependientes a su cargo, con la ley de cuidados en la que se nos socializa a las mujeres mucho más desarrollada que la media. Veo un sesgo de género importante aquí. Por contra, percibo (sin datos cuantitativos que me lo confirmen) que los hombres justifican en mayor proporción la violencia física ejercida por la policía. Es importante recordar que aquí estamos hablando de comportamientos estadísticamente significativos, nunca a formulaciones del tipo «todos los hombres hacen A» o «ninguna mujer hace B«.

2. La espiral del silencio. Llamar a la policía es un acto privado, pero gritar desde una ventana incluso escondida tras una cortina, es un acto que exige del espacio público. Y cuando alguien rompe la espiral del silencio, se abre la veda. Yo, por ejemplo, vivo al lado del aeropuerto, las ventanas de todos los edificios de mi barrio tienen doble acristalamiento (son pisos nuevos) y un aislamiento acústico que ya lo quisieran algunas discotecas. Como los aviones hacen mucho ruido y en el Prat suele correr bastante viento, es habitual que tengamos las ventanas cerradas salvo el rato que cada cual abre para ventilar. Así que si alguien grita desde un balcón, difícilmente será oído desde los otros, en un llamamiento colectivo al linchamiento. En consecuencia, en mi comunidad no hay gente gritando a los peatones desde las ventanas. No es que seamos más civilizados, es porque la infraestructura dificulta romper la espiral del silencio. Si un vecino grita en un bosque y no hay nadie para oírlo, ¿hace ruido? Sociológicamente, no. Si no hay nadie para escucharlo, su adhesión a la categoría social de los que están aportando algo se debilita. De ahí que muchos se graben y lo suban a redes sociales o reenvíen el vídeo de su hazaña por whatsapp.

Personalmente opino que es un comportamiento irresponsable, estúpido y mezquino que añade sufrimiento innecesario cuando todos estamos ya bastante jodidos por la situación, pero mientras este comportamiento no sea socialmente sancionado, no va a parar. En el apartado positivo, he podido ver a algunos medios trabajando ya en la línea de sancionar y desactivar la actitud de la Gestapillo de balcón quizá entendiendo que esto se les ha ido de las manos, y han dado voz por ejemplo a una madre de un niño autista a quienes sus vecinos se lo han hecho pasar fatal o a personal médico, sanitario o de laboratorio que también han sido increpados. Son personas que están en el grupo de «los buenos» pero que fueron confundidos con «los malos». Veremos cómo evoluciona este comportamiento en las tres semanas largas (con suerte) que aún nos quedan por delante de confinamiento.

El Estado de alarma está sirviendo para fomentar el cumplimiento estricto de las normas como criterio absoluto, y la hipervigilancia y el señalamiento vecinal. La flexibilidad es un valor que no estamos cuidando lo suficiente, y a largo plazo lo vamos a echar de menos. Como dijo Tico Pelayo, «el miedo puede servir de explicación, pero nunca de legitimación«.

Serie completa:

Una socióloga confinada. DÍA 1 (domingo). Incertidumbre

Una socióloga confinada. DÍA 2 (lunes). Control social

Una socióloga confinada. DÍA 3 (martes). Performance espontáneas

Una socióloga confinada. DÍA 4 (miércoles). Seguridad y sensación de control

Una socióloga confinada. DÍA 5 (jueves). Legitimidad democrática

Una socióloga confinada. DÍA 6 (viernes). Capital social y religión

Una socióloga confinada. DÍA 7 (sábado). Disciplina y otras áreas de análisis

Una socióloga confinada. DÍA 8 (domingo). Metodología

Una socióloga confinada. DÍA 9 (lunes). Tolerancia social a la violencia

Una socióloga confinada. DÍA 10 (martes). La importancia de la comunidad

Una socióloga confinada. DÍA 11 (miércoles). La Gestapillo de balcón desde un punto de vista sociológico

Una socióloga confinada. DÍA 12 (jueves). Recolección de datos sociológicos

Una socióloga confinada. DÍA 13 (viernes). Una sociedad sin ritos

Una socióloga confinada. DÍA 14 (sábado). La dimensión económica

Una socióloga confinada. DÍA 15 (domingo). Un brazalete azul para distinguir a «los buenos» de «los malos»

Una socióloga confinada. DÍA 16 (lunes). Hipótesis de trabajo y marco teórico

Una socióloga confinada. DÍA 17 (martes). La importancia del frame

Una socióloga confinada. DÍA 18 (miércoles). Propuestas encaminadas a una renta básica universal

Una socióloga confinada. DÍA 19 (jueves). Coronavirus y clase social

Una socióloga confinada. DÍA 20 (viernes). El tratamiento a la tercera edad

Una socióloga confinada. DÍA 21 (sábado). El miedo como mecanismo de control social

Una socióloga confinada. DÍA 22 (domingo). Todos somos héroes

Una socióloga confinada. DÍA 23 (lunes). ¿Por qué lo llaman «renta básica» cuando quieren decir «subsidio temporal»?

Una socióloga confinada. DÍA 24 (martes). La mascarilla como burka laico

Una socióloga confinada. DÍA 25 (miércoles). Sobre la estadística de prevalencia epidemiológica

Una socióloga confinada. DÍA 26 (jueves). Datos estandarizados

Una socióloga confinada. DÍA 31 (martes). Obediencia o protección. La estrategia del pie en la puerta

Una socióloga confinada. DÍA 34 (viernes). «Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia»

Una socióloga confinada. DÍA 37 (lunes). Cómo combatir los bulos

Una socióloga confinada. DÍA 40 (jueves). La chaqueta de Zara de Pablo Iglesias y el poder transformador de las emociones