Autor: Antonio López
Autor: Antonio López

La tolerancia social hacia la violencia ejercida por la policía en el ejercicio de sus funciones contra quienes identificamos como un peligro contra el statu quo, contra nuestra vida tal y como la conocemos, contra los cimientos sobre los que se asienta nuestro mundo… es un fenómeno que pudimos observar en toda su terrorífica dimensión a raíz de los sucesos del 1 de octubre, y más tarde durante los disturbios de Vía Laietana.

El argumento para justificar el uso de la fuerza por la policía era la apelación a la legalidad: «si incumples la ley, sabes a lo que te expones«, «si participas en un referéndum ilegal, luego no te quejes si la policía te muele las costillas a porrazos«.

Lo que estaba en juego entonces era algo tan etéreo como la unidad territorial, y aún así pudimos asistir al proceso de construcción del «otro» como un peligro, y a la activación de los mecanismos de defensa del «nosotros» contra el «ellos» con toda la brutalidad que hiciera falta. «A por ellos, oé«.

Por otro lado, ahora que han pillado a Miquel Iceta camino a hacer la compra acompañado del que parece ser su pareja, resulta paradójica la cantidad de indepes que se han pasado al bando de «las normas están para todos y hay que cumplirlas«, pero de incoherencias políticas hablaremos otro día.

Estos días estamos asistiendo a un proceso similar al que se puso en marcha con motivo del referéndum del 1 de octubre (y antes con el proceso de reforma del Estatut, y con el sistema de financiación de las comunidades autónomas… pero no nos vamos a poner a hacer arqueología política ahora, que tampoco viene al caso). Lo que está en juego ahora es nuestra vida y la de nuestros seres queridos, nada de construcciones políticas como la unidad de España sino algo mucho más tangible y preciado. Y la alteridad ahora la conforman los runners, los imbéciles que salen a la calle con cualquier excusa, los que se van de vacaciones a las segundas residencias, y también los abuelos que desoyen las instrucciones y salen a la calle pese a que todos nos estamos sacrificando por ellos.

En este nuevo sistema social que se ha instaurado con el confinamiento, a los abuelos está permitido gritarles desde las ventanas porque «yo aquí encerrada en casa para que no les pase nada A ELLOS, y los viejos por ahí, paseando como si nada, de cachondeo«. Con lo mucho que nos estamos sacrificando todos viendo Netflix, compartiendo memes por whatsapp y navegando por internet para salvarles la vida A ELLOS, qué desagradecidos.

A los que cogen el coche y PRESUPONEMOS que se van de fin de semana, de puente o de vacaciones a sus segundas residencias, porque nos lo han dicho y como confirma nuestros prejuicios no lo ponemos en duda, el nivel de violencia que toleramos aquí es del tipo punitivo: una buena multa y para casa. Se parecen demasiado a nosotros como para tolerar con facilidad que los saquen del coche a empujones, les den una somanta de palos y se los lleven detenidos a comisaría como a un delincuente cualquiera. Pero nosotros somos buenos, nos portamos bien, cumplimos las normas; ellos no, y por lo tanto se merecen un castigo.

Luego están los gilipollas que salen a la calle con cualquier excusa. Esos son imbéciles y se merecen una buena hostia bien dada. La hostia que no les dieron sus padres, porque la letra con sangre entra y una buena hostia a tiempo blablabla. Ya os sabéis el discurso. Podrían ser como nosotros, pero no son como nosotros porque a nosotros nos educaron BIEN. Los gilipollas que se saltan la cuarentena y salen a la calle con cualquier excusa son «los otros», «los malos», los que no merecen atención sanitaria si se contagian porque la sanidad debe reservarse a gente como los buenos, los que no ponen en peligro a nadie por hacer el gilipollas. En el nuevo sistema social que estamos construyendo, la policía tiene carta blanca para agredir al gilipollas que se salta las normas. Porque gilipollas son siempre los demás, yo nunca.

Y, en último lugar, está el grupo más alejado de «nosotros»: runners y ciclistas. El nivel de violencia socialmente tolerado con este grupo es el más alto de todos los «malos», los que incumplen las normas, «los otros». Al ciclista o al runner está justificado derribarlo al suelo, reducirlo entre dos, arrearle unos cuantos porrazos y meterlo en el coche patrulla a empujones mientras grita con desesperación pidiendo socorro. Ya puedes desgañitarte, que nadie va a acudir en tu ayuda. Los vecinos, desde las ventanas, graban la escena y se regodean fantaseando con que son ellos quienes aplican la violencia. Eres el otro más otro de todos los otros posibles, no hay comprensión ni empatía para ti.

@ConMalTalante daba en el centro de la diana con solo dos frases:

Es mucho más fácil señalar al «otro» y culparle que analizar las estructuras sociales y ver qué está fallando en el sistema. En caso de que sea realmente un fallo del sistema lo que ha provocado este estado de cosas, y no sea realmente así como tenían que ser tal y como está diseñado. Como dicen los informáticos, «it’s not a bug, it’s a feature«.

La consigna empezó siendo «Quédate en casa». Tras 10 días de aislamiento, se ha transformado en «Quédate en TU PUTA casa». ¿Os habéis planteado cómo va a evolucionar y cómo va a acabar esto cuando llevemos un mes? #QuédateEnTuPUTACasaJoderOTePegoUnTiro.

Estamos allanando el camino para la deriva autoritaria y represiva que continuará una vez hayan pasado el estado de alarma y la pandemia, porque los virus pasan pero la tolerancia social con la violencia contra el «otro» permanece. Es un buen momento para recordar los experimentos de Milgram sobre obediencia a la autoridad, y de Zimbardo en la cárcel de Stanford sobre cómo las circunstancias y el entorno transforman nuestra forma de actuar. Porque no creo que seamos capaces, como sociedad, de volver al punto de partida cuando el estado de alarma termine.

En esta guerra contra el virus en la que estamos asistiendo a una descarada utilización del miedo para justificar la represión y la violencia, el runner se ha convertido en el nuevo Bin Laden al que hay que abatir como sea, usando la violencia si es necesario. Las ruedas de prensa de militares, el ejército patrullando las calles desiertas, y la retórica belicista solo contribuyen a legitimar la violencia represiva. Yo no soy un soldado, soy socióloga.

Autora: Elena Masci
Autora: Elena Masci

Serie completa:

Una socióloga confinada. DÍA 1 (domingo). Incertidumbre

Una socióloga confinada. DÍA 2 (lunes). Control social

Una socióloga confinada. DÍA 3 (martes). Performance espontáneas

Una socióloga confinada. DÍA 4 (miércoles). Seguridad y sensación de control

Una socióloga confinada. DÍA 5 (jueves). Legitimidad democrática

Una socióloga confinada. DÍA 6 (viernes). Capital social y religión

Una socióloga confinada. DÍA 7 (sábado). Disciplina y otras áreas de análisis

Una socióloga confinada. DÍA 8 (domingo). Metodología

Una socióloga confinada. DÍA 9 (lunes). Tolerancia social a la violencia

Una socióloga confinada. DÍA 10 (martes). La importancia de la comunidad

Una socióloga confinada. DÍA 11 (miércoles). La Gestapillo de balcón desde un punto de vista sociológico

Una socióloga confinada. DÍA 12 (jueves). Recolección de datos sociológicos

Una socióloga confinada. DÍA 13 (viernes). Una sociedad sin ritos

Una socióloga confinada. DÍA 14 (sábado). La dimensión económica

Una socióloga confinada. DÍA 15 (domingo). Un brazalete azul para distinguir a «los buenos» de «los malos»

Una socióloga confinada. DÍA 16 (lunes). Hipótesis de trabajo y marco teórico

Una socióloga confinada. DÍA 17 (martes). La importancia del frame

Una socióloga confinada. DÍA 18 (miércoles). Propuestas encaminadas a una renta básica universal

Una socióloga confinada. DÍA 19 (jueves). Coronavirus y clase social

Una socióloga confinada. DÍA 20 (viernes). El tratamiento a la tercera edad

Una socióloga confinada. DÍA 21 (sábado). El miedo como mecanismo de control social

Una socióloga confinada. DÍA 22 (domingo). Todos somos héroes

Una socióloga confinada. DÍA 23 (lunes). ¿Por qué lo llaman «renta básica» cuando quieren decir «subsidio temporal»?

Una socióloga confinada. DÍA 24 (martes). La mascarilla como burka laico

Una socióloga confinada. DÍA 25 (miércoles). Sobre la estadística de prevalencia epidemiológica

Una socióloga confinada. DÍA 26 (jueves). Datos estandarizados

Una socióloga confinada. DÍA 31 (martes). Obediencia o protección. La estrategia del pie en la puerta

Una socióloga confinada. DÍA 34 (viernes). «Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia»

Una socióloga confinada. DÍA 37 (lunes). Cómo combatir los bulos

Una socióloga confinada. DÍA 40 (jueves). La chaqueta de Zara de Pablo Iglesias y el poder transformador de las emociones