La estrategia del miedo, la amenaza (ya sea directa o velada) ante el riesgo de sufrir determinado tipo de violencia es utilizada como mecanismo de control social, que afecta en mayor medida a algunos colectivos muy concretos, limita su libertad, condiciona su comportamiento y su posición en el espacio público.

Cuando hablamos de “poder”, debemos huir de la imagen mental del Consejo de Ministros, o incluso de un poder en la sombra compuesto por empresarios, banqueros y directores de medios de comunicación. Nos estamos refiriendo a un poder mucho más banal y disperso. Un ejemplo es la institución de la familia, donde son los progenitores adultos quienes representan el poder frente a las criaturas, y a su vez los hijos e hijas adultos encarnan el poder frente a progenitores ancianos o dependientes. En las instituciones educativas, es la figura del profesor o profesora quien encarna el poder frente al alumnado, y a su vez la dirección del centro ejerce un poder superior. En los centros de trabajo, los distintos jefes de departamento representan esa función de poder.

El miedo es una emoción íntima y personal, si bien carece de sentido si no es en un contexto social e histórico determinado. La gama de miedos posibles no es la misma en la sociedad japonesa que en la estadounidense, con unos índices de delincuencia tan dispares, por ejemplo, y unas pautas culturales tan diferentes entre sí.

Mientras los indicadores de delincuencia nos hablan de hechos probados en sentencias judiciales, las encuestas como el barómetro del CIS nos hablan de victimización y percepción de la inseguridad ciudadana, y cómo la conciencia de un determinado relato social sobre determinados delitos condiciona también la subjetividad de las víctimas.

Así pues, el miedo es también una emoción socialmente construida que requiere de un contexto sociohistórico que la dote de contenido y de un sentido que pueda ser socialmente capturado.

Este discurso del miedo es alentado desde el poder y difundido a través de los medios de comunicación, pues es funcional para mantener la cohesión social y los valores culturales dominantes o, en el caso que nos ocupa, para mantener la disciplina social en un nuevo contexto social, con nuevas normas de confinamiento y una nueva doctrina de distanciamiento social que debemos interiorizar, y a las que tenemos que adaptarnos rápidamente.

El miedo limita nuestra libertad y determina nuestra posición en el mundo. El miedo promovido desde instituciones centrales en nuestra sociedad como la familia, la política o los medios de comunicación, en circunstancias normales tiene la función de mantener el orden social vigente y perpetuar los valores culturales dominantes; en un contexto social completamente nuevo al que tenemos que adaptarnos rápidamente, el miedo funciona como un mecanismo de control social que ejerce de muro de contención para evitar que el cumplimiento de las medidas decretadas se vaya relajando con el paso de los días, tal y como hemos podido observar que ha ocurrido en Italia gracias al informe de movilidad publicado por Google.

Serie completa:

Una socióloga confinada. DÍA 1 (domingo). Incertidumbre

Una socióloga confinada. DÍA 2 (lunes). Control social

Una socióloga confinada. DÍA 3 (martes). Performance espontáneas

Una socióloga confinada. DÍA 4 (miércoles). Seguridad y sensación de control

Una socióloga confinada. DÍA 5 (jueves). Legitimidad democrática

Una socióloga confinada. DÍA 6 (viernes). Capital social y religión

Una socióloga confinada. DÍA 7 (sábado). Disciplina y otras áreas de análisis

Una socióloga confinada. DÍA 8 (domingo). Metodología

Una socióloga confinada. DÍA 9 (lunes). Tolerancia social a la violencia

Una socióloga confinada. DÍA 10 (martes). La importancia de la comunidad

Una socióloga confinada. DÍA 11 (miércoles). La Gestapillo de balcón desde un punto de vista sociológico

Una socióloga confinada. DÍA 12 (jueves). Recolección de datos sociológicos

Una socióloga confinada. DÍA 13 (viernes). Una sociedad sin ritos

Una socióloga confinada. DÍA 14 (sábado). La dimensión económica

Una socióloga confinada. DÍA 15 (domingo). Un brazalete azul para distinguir a «los buenos» de «los malos»

Una socióloga confinada. DÍA 16 (lunes). Hipótesis de trabajo y marco teórico

Una socióloga confinada. DÍA 17 (martes). La importancia del frame

Una socióloga confinada. DÍA 18 (miércoles). Propuestas encaminadas a una renta básica universal

Una socióloga confinada. DÍA 19 (jueves). Coronavirus y clase social

Una socióloga confinada. DÍA 20 (viernes). El tratamiento a la tercera edad

Una socióloga confinada. DÍA 21 (sábado). El miedo como mecanismo de control social

Una socióloga confinada. DÍA 22 (domingo). Todos somos héroes

Una socióloga confinada. DÍA 23 (lunes). ¿Por qué lo llaman «renta básica» cuando quieren decir «subsidio temporal»?

Una socióloga confinada. DÍA 24 (martes). La mascarilla como burka laico

Una socióloga confinada. DÍA 25 (miércoles). Sobre la estadística de prevalencia epidemiológica

Una socióloga confinada. DÍA 26 (jueves). Datos estandarizados

Una socióloga confinada. DÍA 31 (martes). Obediencia o protección. La estrategia del pie en la puerta

Una socióloga confinada. DÍA 34 (viernes). «Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia»

Una socióloga confinada. DÍA 37 (lunes). Cómo combatir los bulos

Una socióloga confinada. DÍA 40 (jueves). La chaqueta de Zara de Pablo Iglesias y el poder transformador de las emociones