Las hilanderas o la fábula de Aracne. Autor: Diego Velázquez
Las hilanderas o la fábula de Aracne. Autor: Diego Velázquez. Museo del Prado

La previsible caída del consumo que arrastraría consigo a toda la economía entrando en una espiral recesiva que haría muy difícil afrontar una recuperación económica a corto y medio plazo, es lo que ha motivado que perfiles tan dispares como Pere Aragonès, Toni Roldán o Luis de Guindos lancen sus propuestas de diferentes modelos de renta básica universal, acotada en el tiempo y condicionada según los criterios de cada proponente.

La propuesta de Luis de Guindos hace hincapié en que la renta será “mínima” y “de emergencia”, durante “un periodo transitorio”. El objetivo de su propuesta es que no se destruya tejido empresarial y para ello propone inyectar liquidez al sistema. Una frase nos gustaría destacar de la propuesta del vicepresidente del Banco Central Europeo: «que todos nos hagamos cargo de las necesidades básicas de la población más vulnerable». Noble petición que anticipa que su propuesta no es universal, pues solo se refiere a la población más vulnerable. Una pregunta que me hago al respecto es: ¿y por qué solo ahora, que cae el consumo? ¿Por qué no nos hacemos cargo de las necesidades básicas de la población más vulnerable, siempre?

Pere Aragonès, por su parte, denomina a su propuesta «renta básica de confinamiento» y sus destinatarios serían «todos los ciudadanos que no tengan los ingresos garantizados», es decir, no sería universal. Destacada que la crisis económica derivada de la pandemia se debe a un choque de oferta ya que el confinamiento impide consumir todo aquello que no sean bienes básicos, y a la vez un choque de oferta ya que decretar el confinamiento y la detener la actividad de todo lo que no sean bienes y servicios de primera necesidad implica detener la producción. Aunque, como de Guindos, la principal problemática que observa es la caída del consumo. «Un salario mensual hasta que volvamos a producir, a trabajar, a consumir», es decir, también limitada en el tiempo y manteniendo el modelo vinculado a las rentas de trabajo.

Un aspecto que me desagrada profundamente de la propuesta de Pere Aragonès es la concepción estigmatizadora del desempleo que la recorre. Transmite la idea de que esta crisis económica “no es culpa” de quien se queda sin ingresos y por lo tanto ahora sí hay que compensarles, mientras que en circunstancias normales quienes están desempleados no merecen que se les tenga en cuenta más allá de las medidas asistencialistas que correspondan en un Estado del Bienestar anímico por los recortes. «(estamos) ante una pandemia global que afectará a toda la humanidad y que rompe las reglas de la economía, la sociedad y la política», y como las reglas son nuevas, ahora sí es no solo asumible sino deseable un ingreso básico para los más necesitados. Con las reglas anteriores, no. Así son las reglas.

«La idea de una renta básica universal, en situaciones de normalidad económica, siempre me había generado reservas por los efectos sobre la inflación, el mercado de trabajo o los posibles incentivos que generaría. Pero vivimos un momento de extrema anormalidad (…) garantizar unos ingresos para la población (que tampoco podrá trabajar ni buscar trabajo) (…)

Es necesaria una renta básica para salvar el futuro de la economía (…)»

Renta Básica. Ahora es el momento (Aragonès, 2020)

Este tipo de afirmaciones transmiten culpabilidad de la clase trabajadora en situación de desempleo (el mensaje implícito parece ser que, en situaciones normales, quien no trabaja es porque no quiere), o con empleos precarios y mal pagados que apenas les dan para cubrir las necesidades básicas a quienes, de no ser porque la pandemia ha dinamitado las reglas del juego de la economía neoliberal, no habría que prestar atención en cuanto a sus necesidades básicas más allá del planteamiento asistencialista de socorrer en momentos de extrema necesidad. Según este planteamiento, si hemos de garantizar unos ingresos mínimos es solo porque la anormalidad de la situación lo justifica. Sorprende un tono tan abiertamente culpabilizar de la pobreza en alguien que se dice de izquierdas.

La frase con la que termina el artículo Aragonès deja patente que la prioridad a salvar no son las personas: es la economía. De un economista de izquierdas, una esperaría que se replanteara esas normas del juego o al menos que las considerara de forma crítica, motivo por el cual la propuesta de Pere Aragonès resulta tan decepcionante desde el punto de vista político.

La propuesta de Toni Roldán es, de las tres, la que más cerca está del concepto “universal”, pues mientras las otras dos se amparan en un indefinido “la población más vulnerable”, Roldán la hace extensiva a toda la población en edad de trabajar (parece, no obstante, que somos incapaces de sustraernos al paradigma de derechos de ciudadanía asociados al trabajo), y es la única que cuantifica el coste para el Estado y justifica el cálculo aunque sea a grande rasgos.

Ante una posible crítica por el hecho de que la universalidad de la medida pudiera hacer que la perciba quien no la necesita, Roldán se adelanta y afirma que estas personas la devolverían vía declaración de renta al comparar sus ingresos del 2020 con los del año anterior, y devolver la prestación en la medida en que sus ingresos no se hayan visto mermados debido a la cuarentena. Es una manera elegante de plantearlo, obviando el posible fraude fiscal subyacente a cualquier medida en política fiscal, de hecho.

Las reticencias tradicionales que expone son a las que él mismo se responde en el propio texto: que cuesta mucho dinero, pero explica cómo se recupera (vía impuesto sobre la renta por un lado, y vía impuestos al consumo por otro); que dispersan recursos en lugar de concentrarse en los que más lo necesitan, pero es que quienes más lo necesitan son precisamente quienes son candidatos a quedarse fuera de muchas medidas planteadas precisamente para aliviar su situación, por la ausencia de información al respecto y por la dificultad para lidiar con el aparato burocrático del Estado que tienen aquellas personas de los estratos más vulnerables que el mismo Roldán reconoce al admitir que «la activación de las ayudas es lenta, compleja y burocrática». Y, en la misma línea que Pere Aragonès expuso, por los incentivos perversos que podrían llevar a que determinadas personas “prefieran” (entrecomillado en el original) dejar de trabajar o de buscar trabajo, lo cual nos llevaría a replantearnos el trabajo como un derecho y no como una obligación, y unos derechos de ciudadanía asociados a la persona y no a su estatus laboral.

La propuesta de Toni Roldán no puede sustraerse al mismo marco de pensamiento que Pere Aragonés, al culpabilizar el desempleo: millones de personas van a perder su trabajo, pero no es por su culpa, así que debemos hacer algo. Quizá resulte más útil en cuanto a «hacer algo», salir de ese marco mental que responsabiliza de la pobreza a quien “no quiere” trabajar y pensar realmente en una Renta Básica Universal. Si «hay que hacer algo urgente», igual lo primero es salir de ese marco mental que culpabiliza la pobreza y criminaliza la exclusión social. No sé, ¿cómo lo veis? ¿Es buena hora para empezar a considerarnos personas en lugar de meros consumidores, o aún no?

Serie completa:

Una socióloga confinada. DÍA 1 (domingo). Incertidumbre

Una socióloga confinada. DÍA 2 (lunes). Control social

Una socióloga confinada. DÍA 3 (martes). Performance espontáneas

Una socióloga confinada. DÍA 4 (miércoles). Seguridad y sensación de control

Una socióloga confinada. DÍA 5 (jueves). Legitimidad democrática

Una socióloga confinada. DÍA 6 (viernes). Capital social y religión

Una socióloga confinada. DÍA 7 (sábado). Disciplina y otras áreas de análisis

Una socióloga confinada. DÍA 8 (domingo). Metodología

Una socióloga confinada. DÍA 9 (lunes). Tolerancia social a la violencia

Una socióloga confinada. DÍA 10 (martes). La importancia de la comunidad

Una socióloga confinada. DÍA 11 (miércoles). La Gestapillo de balcón desde un punto de vista sociológico

Una socióloga confinada. DÍA 12 (jueves). Recolección de datos sociológicos

Una socióloga confinada. DÍA 13 (viernes). Una sociedad sin ritos

Una socióloga confinada. DÍA 14 (sábado). La dimensión económica

Una socióloga confinada. DÍA 15 (domingo). Un brazalete azul para distinguir a «los buenos» de «los malos»

Una socióloga confinada. DÍA 16 (lunes). Hipótesis de trabajo y marco teórico

Una socióloga confinada. DÍA 17 (martes). La importancia del frame

Una socióloga confinada. DÍA 18 (miércoles). Propuestas encaminadas a una renta básica universal

Una socióloga confinada. DÍA 19 (jueves). Coronavirus y clase social

Una socióloga confinada. DÍA 20 (viernes). El tratamiento a la tercera edad

Una socióloga confinada. DÍA 21 (sábado). El miedo como mecanismo de control social

Una socióloga confinada. DÍA 22 (domingo). Todos somos héroes

Una socióloga confinada. DÍA 23 (lunes). ¿Por qué lo llaman «renta básica» cuando quieren decir «subsidio temporal»?

Una socióloga confinada. DÍA 24 (martes). La mascarilla como burka laico

Una socióloga confinada. DÍA 25 (miércoles). Sobre la estadística de prevalencia epidemiológica

Una socióloga confinada. DÍA 26 (jueves). Datos estandarizados

Una socióloga confinada. DÍA 31 (martes). Obediencia o protección. La estrategia del pie en la puerta

Una socióloga confinada. DÍA 34 (viernes). «Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia»

Una socióloga confinada. DÍA 37 (lunes). Cómo combatir los bulos

Una socióloga confinada. DÍA 40 (jueves). La chaqueta de Zara de Pablo Iglesias y el poder transformador de las emociones