«Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia. En este edificio viven más personas a las que tenemos que cuidar y no queremos asumir más riesgos». Decidme una cosa: ¿en qué pensabais que consistía el pánico social? Cuando, en los primeros días del estado de alarma, la gente arrasaba con el papel higiénico en el súper, ¿a qué creíais que era debido? Y el distanciamiento social, ¿pensabais que solo era guardar un metro de distancia en las colas?
Stefan Koidl
Autor: Stefan Koidl

Estos días proliferan en los medios de comunicación ejemplos de mensajes que personas asustadas han dejado a sus vecinos que trabajan en supermercados o en hospitales, conminándoles a que abandonen el edificio mientras dure la pandemia, pues por su nivel de exposición tienen un alto riesgo de contraer el virus, y se les pide que se marchen de sus casas para no poner en peligro a las personas que conviven en el mismo edificio.

El calificativo con el que se etiqueta en los medios de comunicación a quienes dejan estos mensajes es unánime: insolidarios.

Bien. Sabemos que cuanto más naturalizado está un discurso, más conveniente es problematizarlo, despojarlo de sus capas de «sentido común» como una cebolla y buscar qué se oculta tras él.

Y lo que se oculta tras esa conducta calificada por los medios de «insolidaria» es el miedo que los propios medios han colaborado a instaurar. Lo que subyace tras esos carteles es miedo. El miedo a contagiarse de un virus que se nos dice que está flotando en el ambiente. La consigna oficial desde el 14 de marzo, hace ya más de un mes, es «protégete y protégelos», protégete tú y protege a tu familia, a tu entorno. Un mensaje que ha funcionado estupendamente para que la gente acepte ponerse mascarillas con la excusa de proteger solidariamente a los demás sin que su identidad se viera excesivamente comprometida en categorías como «asustada».

Si desde el poder y desde los medios de comunicación se nos bombardea durante un mes con el mensaje de que debemos tener miedo, que no debemos salir de casa, que debemos protegernos y proteger a nuestras familias, que está muriendo gente y que los hospitales no tienen medios, que estamos en guerra contra un enemigo invisible, que el virus acecha en cualquier esquina y lo único que podemos hacer para salvarlos es atrincherarnos en nuestros domicilios por tiempo indefinido… ¿Cómo esperáis que la gente reaccione? ¿A quien puede sorprender que la gente se comporte con miedo? Y si te enteras de que alguien ha traído a la puerta de tu casa a ese enemigo invisible que puede matarte a ti y a tu familia, ¿cómo reaccionarías tú?

¿En qué pensabais que consistía el pánico social? Y el distanciamiento social, ¿qué pensabais que era? ¿Únicamente mantener un metro de distancia en las colas? Conminar a quienes consideras que son un peligro a que se marchen de sus casas para evitar contagiar al vecindario, amigos, también es distanciamiento social.

Stefan Koidl
Autor: Stefan Koidl

Cuando, los días previos al decreto del estado de alarma, la gente arrasaba con el papel higiénico en los supermercados, la reacción de los medios fue mucho de jijijaja, y después de desconcierto porque la gente estaba arrasando en el Mercadona. ¿A qué pensabais que era debido, amigos de la prensa?

Lo que más me cabrea es cómo los medios fingen que ese comportamiento no va ellos, que no tienen ningún tipo de responsabilidad en la construcción social de las emociones que desembocan en esos cartelitos. Los medios actúan como si realmente creyeran estar siendo notarios de la actualidad, cuando lo cierto es que forman parte activa de su construcción. No son «vecinos asustados» por el coronavirus, no: son «insolidarios». Ponen el foco en una actitud individual, en vez de en un problema sistémico y colectivo del cual los medios han formado parte activa, de igual modo que han sido determinantes en la consolidación de las nuevas conductas normativas, entre las que han promocionado activamente el señalamiento a quienes son multados por incumplir la norma, y la vigilancia activa desde los balcones recurriendo a métodos coactivos como el grito y el insulto a peatones.

Llamarlos «insolidarios» supone responsabilizarles individualmente de su conducta, mientras que poner el foco en las emociones que conducen a ese comportamiento significa hacer un ejercicio colectivo de introspección, ver en qué medida hemos contribuido a que el estado de alarma se convierta en un estado de histeria en el que, en un exceso de celo, se prohíben cosas no contempladas en la ley, cómo ese estado de ánimo nos está afectando en nuestro comportamiento y en nuestras interacciones sociales, y qué papel han jugado los medios de comunicación en la construcción de ese estado de ánimo.

Curiosamente, ninguno de esos mensajes «insolidarios» va dirigido a ningún policía. He visto muchos, y ninguno que diga algo del tipo «vecino del 3ºB, sabemos que eres policía municipal. Te agradecemos tu labor de vigilancia y las multas que has puesto, pero mientras dure la pandemia, por favor, quédate a dormir en el cuartelillo. En este edificio viven muchas personas y no queremos contagiarnos. Gracias.»

En cualquier caso, es relativamente bueno que los medios empiecen a recoger cable y, aunque sea mediante el señalamiento individual, estén dando voz a quienes replican a estos mensajes con carteles vecinales de apoyo a sanitarios y trabajadores de supermercados. El enfoque no me hace especialmente feliz (todavía menos el de las fuentes policiales que alertan de que podría constituir un delito de odio), porque no va a la causa original y se centra únicamente en aspectos estéticos, pero mis expectativas al respecto son tan bajas que con cualquier cosa me conformo.

Stefan Koidl
Autor: Stefan Koidl

Serie completa:

Una socióloga confinada. DÍA 1 (domingo). Incertidumbre

Una socióloga confinada. DÍA 2 (lunes). Control social

Una socióloga confinada. DÍA 3 (martes). Performance espontáneas

Una socióloga confinada. DÍA 4 (miércoles). Seguridad y sensación de control

Una socióloga confinada. DÍA 5 (jueves). Legitimidad democrática

Una socióloga confinada. DÍA 6 (viernes). Capital social y religión

Una socióloga confinada. DÍA 7 (sábado). Disciplina y otras áreas de análisis

Una socióloga confinada. DÍA 8 (domingo). Metodología

Una socióloga confinada. DÍA 9 (lunes). Tolerancia social a la violencia

Una socióloga confinada. DÍA 10 (martes). La importancia de la comunidad

Una socióloga confinada. DÍA 11 (miércoles). La Gestapillo de balcón desde un punto de vista sociológico

Una socióloga confinada. DÍA 12 (jueves). Recolección de datos sociológicos

Una socióloga confinada. DÍA 13 (viernes). Una sociedad sin ritos

Una socióloga confinada. DÍA 14 (sábado). La dimensión económica

Una socióloga confinada. DÍA 15 (domingo). Un brazalete azul para distinguir a «los buenos» de «los malos»

Una socióloga confinada. DÍA 16 (lunes). Hipótesis de trabajo y marco teórico

Una socióloga confinada. DÍA 17 (martes). La importancia del frame

Una socióloga confinada. DÍA 18 (miércoles). Propuestas encaminadas a una renta básica universal

Una socióloga confinada. DÍA 19 (jueves). Coronavirus y clase social

Una socióloga confinada. DÍA 20 (viernes). El tratamiento a la tercera edad

Una socióloga confinada. DÍA 21 (sábado). El miedo como mecanismo de control social

Una socióloga confinada. DÍA 22 (domingo). Todos somos héroes

Una socióloga confinada. DÍA 23 (lunes). ¿Por qué lo llaman «renta básica» cuando quieren decir «subsidio temporal»?

Una socióloga confinada. DÍA 24 (martes). La mascarilla como burka laico

Una socióloga confinada. DÍA 25 (miércoles). Sobre la estadística de prevalencia epidemiológica

Una socióloga confinada. DÍA 26 (jueves). Datos estandarizados

Una socióloga confinada. DÍA 31 (martes). Obediencia o protección. La estrategia del pie en la puerta

Una socióloga confinada. DÍA 34 (viernes). «Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia»

Una socióloga confinada. DÍA 37 (lunes). Cómo combatir los bulos

Una socióloga confinada. DÍA 40 (jueves). La chaqueta de Zara de Pablo Iglesias y el poder transformador de las emociones