Después de 18 años de activismo político y feminista, presencial y online, constato que en los últimos años está ganando cada vez más presencia un un activismo tóxico y problemático que anula el debate, exige adhesiones inquebrantables a consignas facilonas y no tolera no ya el disenso sino siquiera la duda, no concibe ni el aprendizaje continuo ni la posibilidad de cambiar de opinión a lo largo del tiempo. Un activismo que señala, apunta y dispara. Un activismo que no genera debate y produce conocimiento, sino que apuntala consignas vacías y no permite salirse de ahí. Un activismo que aterroriza más que acoge; en el que no se aprende, solo se repiten cuatro frases. Lo mismo me vale para colectivos animalistas/veganos, que para trans-inclusivos o pro-sex: cuanto más vulnerable se perciba el sujeto político de su movimiento, más agresivos y violentos son sus activistas.

Hace AÑOS ya que algunas venimos alertando de que un activismo en el que las que se incorporan nuevas tienen MIEDO A PREGUNTAR porque temen que eso provoque su marginación, estigmatización o expulsión, es un activismo que está muerto por dentro. No es activismo: es secta.

Hay una relación directa entre la vehemencia con la que manifiestan adhesión a las consignas y la violencia que ejercen contra quien se mueve un milímetro de ellas. Sienten que están luchando por una buena causa, y eso les legitima para apuntar los cañones hacia dentro. A mí personalmente dejaron de acosarme desde forocoches a partir del momento en que empezaron a acosarme desde el propio activismo feminista obsesionado con mantener la pureza en las filas.

Yo en 2015 era regulacionista, leo algunas cosas que escribí entonces y no me representan hoy. Pero claro, yo en 2016 empecé a distanciarme hasta que rompí totalmente. En ese activismo, la evolución ideológica no se concibe: con repetir cuatro consignas vas que chutas.

No os cambio mis dudas ni por la décima parte de vuestras certezas. Especialmente cuando esas certezas las utilizáis como coartada para atacar a mujeres.

Me siento más cómoda en la academia que en el activismo. Al menos la academia aún es medianamente capaz de sostener la ficción de que lo cuestionable son las ideas, no las personas; de que no vale señalar con el dedito, hay que trabajarse las hipótesis, la metodología y el análisis de los datos.