Asumo que hay que estar metido en una burbuja, o vivir en una isla desierta sin conexión a internet para que, si menciono el nombre de George Floyd, alguien no sepa de quien estamos hablando. Y en esas condiciones tampoco iba a leer mi blog, así que da igual.

El 25 de mayo en Minneapolis (Minnesota, Estados Unidos), cuatro policías locales arrestaron a un ciudadano americano de raza negra. La violencia y los abusos policiales, tan frecuentes como impunes durante las detenciones practicadas a ciudadanos de raza negra, terminaron en la muerte por asfixia de George Floyd a manos del oficial Derek Chauvin, que le tuvo tirado en el suelo con la rodilla en su cuello durante 9 minutos, entre gritos de sufrimiento y avisos de que no podía respirar, mientras su compañero, el oficial Tou Thao, se limitaba a observar la escena sin intervenir en auxilio de Floyd.

Por el momento, Chauvin se encuentra detenido y se enfrenta a cargos por homicidio en tercer grado y por homicidio involuntario. Sin embargo, hay motivos de sobra para pensar que la impunidad que ampara el sistema jugará una vez más a su favor. No solo por sus propios antecedentes en el puesto: desde 2001 (cuando empieza a trabajar para el departamento de policía de Minneapolis), Chauvin ha acumulado 18 quejas en su registro oficial, casi 1 por año; sin embargo, solo 2 se saldaron con medidas disciplinarias, apenas un 10%, y eso teniendo en cuenta que el corporativismo inherente al cuerpo de policía no anima precisamente a denunciar las actuaciones de sus miembros.

Derek Chauvin

El referente que me viene a la cabeza cuando pienso en el caso de George Floyd y la reacción social que ha generado, el primer precedente que me viene a la cabeza es el de Rodney King, un taxista también de raza negra apaleado por varios oficiales de policía en 1991. La paliza en aquel caso fue grabada por un videoaficionado, y el vídeo de la brutalidad policial dio la vuelta al mundo. Las circunstancias de la muerte de Floyd, por su parte, han sido documentadas gracias a las grabaciones con teléfonos móviles. En ambos casos, la visión de los abusos policiales contra ciudadanos de raza negra, abusos que han estado normalizados durante décadas, prenden la mecha de la indignación colectiva y desencadenan protestas contra el racismo institucionalizado y contra la violencia y la impunidad policial. Han pasado casi 30 años, y las cosas no han cambiado tanto.

Paliza a Rodney King (1991)

El caso de Rodney King se saldó con la absolución judicial de los cuatro policías que aparecen en el vídeo participando en la brutal paliza, y en el caso de George Floyd me temo que pasará algo parecido. El New York Times recordaba hace unos días los precedentes legales que hacen que en Estados Unidos sea casi imposible ganar un caso por abusos o por violencia policial, así que el oficial Derek Chauvin tiene motivos para estar tranquilo en lo que respecta a la vía legal.

Hace unos días pudimos ver en otro vídeo como un policía empujaba a un señor mayor que protestaba de forma pacífica, este caía al suelo y se quedaba tirado inconsciente en un charco de sangre de su cabeza, con toda la unidad de policía pasando a su lado sin que ni un solo agente moviera un dedo para socorrer al anciano herido. Hubo suspensión para dos policías a raíz del suceso, y TODA la unidad dimitió en bloque como protesta.

Más aún. Los disturbios que estamos viendo en Estados Unidos a raíz de la muerte por asfixia de George Floyd son consecuencia directa del corporativismo policial. En protesta por las acusaciones de abusos tolerados con total impunidad, el cuerpo de policía decide hacer huelga de celo y dejar que los disturbios se extiendan como forma de demostrar lo imprescindibles que son. Es su forma de transmitir el mensaje a la ciudad: «¿Veis lo que pasa cuando no actuamos? Que reina el caos. ¿Es eso lo que queréis?»

De este tipo de situaciones es de las que estamos hablando cuando decimos que el corporativismo y la impunidad son dos lastres para acabar con los abusos policiales. Y es por eso que de nuevo ha prendido la mecha de las protestas. Porque no es un caso aislado, es un problema sistémico.

En Catalunya, Joan Saura fue Conseller de Interior de 2006 a 2010, y tuvo al cuerpo de los Mossos d’Esquadra en pie de guerra por haber instalado cámaras de vigilancia en algunas comisarías que sirvieron para documentar casos de violencia durante los interrogatorios, como por ejemplo en la comisaría de Les Corts. El resultado: multas para 3 mossos por una falta de lesiones, y absolución para el cuarto. ¿Quien vigila al vigilante?

Los abusos y la violencia policial, amparados por el sistema y protegidos por mandos superiores, por jueces y por políticos, no es algo exclusivo de Estados Unidos, y lo que ha ocurrido con George Floyd no es un caso aislado. De ahí que las protestas se hayan extendido rápidamente por todo el mundo.

Y es que a la violencia y a la impunidad comunes, se le suma la derivada del racismo, que atraviesa la sociedad norteamericana como una daga ardiendo, pero en Europa tampoco estamos como para sacar pecho y mirarles por encima del hombro. Las condiciones de vida en los campos de refugiados, los CIEs, las condiciones inhumanas de los jornaleros en el campo, las denuncias por abuso sexual de las temporeras de la fresa marroquíes, los miles de muertos en el Mediterráneo a los que se les niega la ayuda humanitaria sin que a Europa se le mueva una ceja, los 15 inmigrantes asesinados por la Guardia Civil en el Tarajal, las concertinas en la valla de Ceuta, el racismo habitual de los guardias de seguridad de Renfe, la policía pidiendo documentación en función del color de piel, la Junta de Andalucía escandalizándose por la sugerencia de poner en cuarentena a los turistas mientras exige a su vez cuarentena a quienes lleguen en patera, las tasas de pobreza y de paro de inmigrantes extracomunitarios que triplican las de nacionales, la guardia urbana aplicando la ley mordaza a quienes reparten comida a inmigrantes en redes de apoyo vecinal mientras los repartidores de Glovo, Deliveroo o Just Eat seguían funcionando con normalidad… No, definitivamente no estamos como para mirarnos al espejo con orgullo y ponernos a dar lecciones, precisamente.

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