El barrio en el que me crie en un barrio estigmatizado, un barrio que desde hace ya varias décadas arrastra la etiqueta de “conflictivo”, seguramente no por casualidad y no solo por prejuicios. Un barrio caracterizado por la exclusión social de su ciudadanía, por las altísimas tasas de paro, inestabilidad laboral y tremendas bolsas de pobreza, por la desescolarización temprana que no es lo mismo que el abandono escolar, por la economía sumergida, el tráfico de drogas y por la delincuencia, especialmente en la zona de las 801, donde yo nací y pasé los primeros años de mi vida. Un caldo de cultivo ideal para los prejuicios, la estigmatización, y con ello la discriminación. Me da un poco de vergüenza comparar mi situación con la de mis compañeras gitanas, porque yo por el mero hecho de ser paya, la discriminación a la que me he enfrentado (episodios de bullying aparte de los que ya hablaremos) va poco más allá de que ninguna compañera de colegio o de instituto viniera jamás a estudiar a mi casa, siempre era yo quien iba a casa de mis compañeras porque a Sant Cosme les daba miedo venir durante los años 80 y los 90, lo que me hacía muy consciente, desde bien pequeña, del lugar que habitaba.

Quienes llevéis un tiempo siguiendo mi trabajo, seguramente ya conoceréis cuales son las áreas de mi interés y los temas que analizo. Para quienes acaben de llegar, os cuento: me defino como feminista, estudio Ciencias Sociales; nací y me crie en un barrio estigmatizado, un barrio que desde hace ya varias décadas arrastra la etiqueta de “conflictivo”, seguramente no por casualidad y no solo por prejuicios. Un barrio caracterizado por la exclusión social de su ciudadanía, por las altísimas tasas de paro, inestabilidad laboral y tremendas bolsas de pobreza, por la desescolarización temprana que no es lo mismo que el abandono escolar, por la economía sumergida, el tráfico de drogas y por la delincuencia, especialmente en la zona de las 801, donde yo nací y pasé los primeros años de mi vida. Un caldo de cultivo ideal para los prejuicios, la estigmatización, y con ello la discriminación. Me da un poco de vergüenza comparar mi situación con la de mis compañeras gitanas, porque yo por el mero hecho de ser paya, la discriminación a la que me he enfrentado (episodios de bullying aparte de los que ya hablaremos) va poco más allá de que ninguna compañera de colegio o de instituto viniera jamás a estudiar a mi casa, siempre era yo quien iba a casa de mis compañeras porque a Sant Cosme les daba miedo venir durante los años 80 y los 90, lo que me hacía muy consciente, desde bien pequeña, del lugar que habitaba.

Un barrio en el que durante años hemos tenido graves problemas de convivencia (aún los tiene en algunos puntos), problemas que me niego a ocultar bajo la alfombra de las acusaciones de racismo. Pero también un barrio caracterizado por las largas jornadas de lucha vecinal para transformarlo y cambiar todo eso. La dejadez de las administraciones públicas fue un factor relevante, no hay que olvidar que hubo una época en que los autobuses municipales no llegaban hasta Sant Cosme, que el 65 alargara su recorrido se conquistó a base de cortes de la carretera de acceso al aeropuerto. Un barrio en el que no había servicios públicos, donde las cloacas se inundaban cuando caían 4 gotas, donde las ratas campaban a sus anchas. Pero lo que sí teníamos era un cuartel de la guardia civil. Un cuartel que fue asaltado hace unos 20 años y les desvalijaron el armero (y no lograron recuperar todas las armas robadas, añado).

Un barrio de barracas, con un problema urbanístico endémico que fue durante años protagonista de las reivindicaciones vecinales. No se me olvidan las imágenes de la Cabalgata de Reyes del barrio, con las carrozas adornadas con sábanas pintadas con spray con la frase «reformas no, pisos nuevos sí».

Indudablemente, los orígenes nos marcan a todos, y a mí en particular me despierta curiosidad sociológica el haber convivido junto a una comunidad como la gitana, por un lado objeto de prejuicios y discriminaciones, por otro tan alejada de mi propia realidad social y familiar.

En su momento publiqué un trabajo universitario sobre el papel de la educación en la movilidad social en las mujeres de etnia gitana, con una tasa de abandono escolar tan alta al llegar a la enseñanza secundaria derivada de la cultura de la virginidad y la sobreprotección de las familias. De entre el alumnado gitano que empieza 1º de la ESO, entorno al 80% abandona antes de finalizar el último curso. Los mayores índices de abandono se dan entre los chicos, porque las chicas directamente ni siquiera llegan a cursar esta etapa obligatoria por la presión familiar. Entre las chicas gitanas que logran superar la oposición de la familia a que empiecen el instituto, logran mejores resultados que sus homólogos masculinos.

Fuente: . Incorporación y trayectoria de niñas gitanas en la ESO. Madrid: CIDE / Instituto de la Mujer. Disponible para descargar aquí.

Uno de los aspectos que más curiosidad sociológica me suscita, y que correlaciona identidad, contexto social y roles de género, es el concepto que ha acuñado María Esther López, doctora en Sociología por la Universidad de Zaragoza, lo que ella denomina «apayamiento». Lo describe como «la mayor carga para las gitanas es la culpabilidad por ‘apayamiento’, esa sensación de que tú ya no pareces gitana”. Y es que este apayamiento se traduce en rechazo dentro de la propia comunidad. Existe una presión social brutal intracomunitaria, donde uno de los mayores temores de los padres consiste en que las niñas se echen un novio payo, y a ellas se les transmite el temor a que ningún gitano las pida.

Una de las estrategias no confesadas (al menos no públicamente) del proceso de remodelación total del barrio, y que en mi opinión se ha demostrado una estrategia exitosa, ha sido la intención de deshacer los guetos. Esto se traduce en distribuir a la población gitana procedente de las infraviviendas demolidas, evitando la concentración en zonas muy concretas en los edificios nuevos durante el proceso de remodelación, facilitando así su integración social. Seguramente habrá tenido también su impacto en el colectivo gitano, intuyo que en forma de desarraigo, algo que podríamos analizar comparando a la población de las distintas fases de remodelación con la población de la última fase, entre la fábrica de la Damm, la comisaría de los Mossos, el ambulatorio viejo y el edificio de la Fundació Catalana de l’Esplai, que es la última zona que aún queda guetizada y en proceso de rápida degradación pese a ser también de edificios nuevos, y los últimos en ser asignados. ¿Por qué ha ocurrido esto? ¿Por qué la evolución de esa zona ha vivido un proceso tan distinto del resto de fases remodeladas del barrio? ¿Qué ha ocurrido ahí?

Toda esta larga introducción es para explicar que voy a tener el placer de colaborar con un canal de youtube que se llama «BCN A Pie de Calle«. Es un canal en el que sus autores se dedican a visitar barrios estigmatizados de la provincia de Barcelona y dar una visión alternativa a la que suelen mostrar los medios de comunicación. Una iniciativa loable, aunque a mí personalmente en ocasiones me deje cierta sensación de frustración por lo superficial del mensaje. Me refiero a análisis del tipo «en todos los barrios pasan cosas«, «en todos los sitios hay gente buena y gente mala» o «hay que mirar cada persona«. Considero que estas frases no aportan nada y que no sirven para la transformación social (que igual tampoco es el objeto de su canal, ni tiene por qué serlo). Si en todos los barrios pasan cosas, entonces no hay que llevar a cabo transformaciones en los barrios marginalizados porque aquí no pasa nada, es algo generalizado. Si reducimos el análisis a que en todos los barrios hay gente buena y gente mala, no hace falta intervenir en las bolsas de pobreza, marginación y exclusión social.

Un ejemplo de esta frustración que me genera es el video que publicaron hace unas semanas visitando el barrio de Can Puiggener, en Sabadell. Entrevistaron a un chaval marroquí que me pareció que hacía un análisis muy potente y eché en falta profundizar un poco más en su discurso. Desde aquí, si me llegas a leer, me gustaría contactar contigo y entrevistarte. Este chico no habla de barrios conflictivos, sino de barrios hostiles, y me parece muy interesante el matiz porque la conflictividad tiene un carácter peyorativo que levanta una barrera frente al otro, al de fuera del barrio, mientras que la hostilidad tiene un origen defensivo. La conflictividad es agresiva, mientras que la hostilidad es reactiva, defensiva. Además, contextualiza la violencia y la conflictividad social de determinados barrios en la frustración al constatar el racismo, la discriminación y la desigualdad social, la rabia al ser conscientes de la pobreza y la marginación a la que han sido abandonados. La frustración, la rabia y la violencia son respuestas individuales ante un contexto social, y ese contexto social es el que se omite sistemáticamente.

No les pido a los compañeros de A Pie de Calle que se metan en el Idescat y se pongan a recitar y analizar estadísticas por barrios, pero sí me gustaría una mirada crítica, que profundizaran un poquito más. Por ejemplo, una simple búsqueda en Idealista te da una idea aproximada del número de viviendas que hay a la venta en Can Puiggener y a qué precio están dispuestas a vender su propiedad personas que quieren marcharse del barrio, frente a por ejemplo el barrio de al lado, Torrent del Capellá, a unas calles de distancia pero separado por la carretera que lleva de Sabadell a Castellar. ¿Por qué hay esta disparidad en los precios de la vivienda de un barrio a otro, si están a tan poca distancia? Porque de uno de ellos la gente que vive ahí y tiene posibilidad, quiere HUIR y del otro, no. ¿Qué lleva a que haya gente que quiera huir de determinados barrios, y cómo puede corregirse desde las instituciones públicas para que sean un lugar habitable, en los que poder vivir?