La reciente sentencia tras el juicio a La Manada ha hecho emerger un debate sobre el término “intimidación”. Ahora sabemos que, jurídicamente hablando, está sujeto a la interpretación subjetiva del tribunal que si 5 tíos que te doblan la edad y el tamaño te acorralan en un portal con libidinosas intenciones y en contra de tu voluntad, puede ser o no intimidación, ya que si no verbalizan una amenaza del tipo “o nos comes la polla o te rajamos aquí mismo” no está del todo claro. Si no lo dicen explícitamente pero se sobreentiende, no hay agresión sexual (entre 12 y 15 años de prisión) y es “solo” abuso (entre 4 y 10). OK.

Pero también ha puesto encima de la mesa un tema de mayor calado y trascendencia, que me parece mucho más interesante que este de tipo más procedimental. Me refiero al debate sobre los límites del consentimiento y el cambio de paradigma cuando hablamos de relaciones sexuales, de la diferencia entre consentimiento y deseo.

Llevamos mucho tiempo tratando de explicar en qué consiste el consentimiento, con un montón de ejemplos, con dibujitos, con mil y un adjetivos: el deseo puede ser libre, viciado, afirmativo, tácito, ausente, coaccionado, específico, consensuado, reversible…

Sin embargo, el consentimiento es algo muy fácil de entender, no necesita de un manual de instrucciones y cualquier hombre heterosexual es capaz de comprender cómo funciona cuando se les plantea la siguiente situación:

Si alguna vez has intentado meterle un dedo en el culo a un hombre hetero en mitad de un acto sexual, verás que sí que entiende muy bien de consentimiento sobre la marcha, retirarlo, y límites. La confusión solo se da si son nuestros cuerpos.

La Guiri

Si no sabéis identificar el deseo en vuestras parejas, ¿qué clase de relaciones de mierda estáis teniendo?

¿Cuál es el problema de un enfoque jurídico y social centrado en el consentimiento? Que no nos considera a las mujeres sujetos de nuestro propio deseo, sino meros objetos del deseo ajeno. Ellos desean y nosotras consentimos. Parece claro que a estas alturas del siglo XXI, este planteamiento tan anclado en roles de género caducos está ya superado.

Las mujeres no somos objetos pasivos del deseo ajeno que nos limitamos a consentir y a satisfacer. Somos sujetos de derechos y de deseos propios. Seguir pensando en términos de consentimiento nos retrotrae a la idea de damas guardianas de la virtud que consienten en entregar su flor al caballero que las haga mujeres respetables. Una sociedad que tiene por algo normalizado que las mujeres tengan sexo sin disfrutar por puro aburrimiento, por algún tipo de obligación moral o matrimonial, por haber crecido en una sociedad que niega nuestro placer…

No podemos obviar que vivimos en una sociedad donde alrededor de un 20% de los hombres ha recurrido a la prostitución en su vida adulta, con mayor o menor frecuencia.

Según las encuestas de Kinsey del decenio de 1940, el 70% de los hombres adultos afirmaban haber pagado por mantener relaciones sexuales al menos una vez en la vida (…) Según estudios más recientes el porcentaje actual se sitúa más bien en torno al 19%. (…) Según un estudio español, el 25% de los hombres habían contratado servicios heterosexuales en algún momento de su vida, el 13,3% en los últimos cinco años y el 5,7%, en los 12 últimos meses.

Fuente: Informe “Trata de personas hacia Europa con fines de explotación sexual“ de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, página 9.

No logro comprender qué mecanismos operan en la construcción de una masculinidad dominante y misógina para que al menos 1 de cada 4 hombres se excite con la idea de tener sexo con mujeres que no les desean.

En ese sentido, me parece interesante la propuesta de Podemos que va encaminada no a aumentar las penas asociadas a los delitos contra la libertad sexual, sino a cambiar el paradigma con el que observamos estos delitos: del consentimiento al deseo, y para ello modificar la descripción y tipologías de algunos tipos penales relacionados. Como apuntaba Bárbara Tardón:

Nuestro Código Penal incluye una sádica jerarquía lingüística y penal que diferencia los tipos penales en relación a los “delitos contra la libertad sexual e indemnidad sexuales” (agresión sexual, abuso sexual o acoso sexual), bajo una clasificación que consolida todos los mitos patriarcales que justifican las violencias sexuales y que, como se puede comprobar, la sentencia nº 00038/2018  ha constatado: únicamente la “violación genuina”, la que reproduce el mito patriarcal de que la violencia sexual solo es tal cuando hay uso de la fuerza o cuando la víctima se ha resistido, es susceptible de merecer castigo. En consecuencia, solo las víctimas y supervivientes de una violación genuina serán las únicas que podrán ser reparadas conforme a los parámetros que la justicia considera. El resto de víctimas, es decir, el 80%, son evaporadas del mapa.

 Quizá la sentencia nº 00038/2018  y la interpretación jurídica patriarcal de lo que sucedió esa noche hubiera sido otra si nuestro código penal contuviera una definición feminista del consentimiento, alejada de la engañosa conceptualización que la asocia únicamente a la resistencia física o al uso de la fuerza.

Desde hace décadas, las feministas tenemos clarísimos los márgenes infranqueables que diferencian la violencia sexual de la libertad y autonomías sexuales, del placer sexual y del deseo, bajo marcos conceptuales que despejan que solo hay consentimiento, si hay plena autonomía sexual.

Va siendo hora de replantearnos esta situación, la manera en que conceptualizamos las relaciones sexuales y en qué parámetros queremos movernos en tanto que sociedad de ciudadanos y ciudadanas libres e iguales: en los términos del consentimiento o en los del deseo.

Mantenernos anclados como sociedad en el paradigma del consentimiento sin problematizarlo conlleva problemas como el asunto que nos ha traído hasta aquí: determinar hasta qué punto el consentimiento está viciado por una intimidación o una expectativa de violencia en caso de no someterse a los deseos ajenos, expectativa que puede ser real o no dependiendo de quién interprete la situación. Yo cuestiono por principio que los hombres tengan problemas para determinar dónde empieza o dónde termina el consentimiento, o que si me das a entender algo luego no me digas que no porque yo ya no razono

Creo que SABEN perfectamente determinar dónde está el límite, creo que SABEN perfectamente que NO es NO, simplemente DECIDEN ignorarlo. Les han enseñado a que un NO no es el fin de una conversación, sino el principio de una negociación. Les han educado para transgredir los límites. De ahí la importancia de pasar de un paradigma basado en el consentimiento que ellos pueden alegremente ignorar, a uno basado en el deseo. Replantearnos, como dice Coral Herrera, la construcción social del deseo y el erotismo en una sociedad en que hombres y mujeres somos seres deseantes y no una sociedad de mujeres pasivas, subordinadas al deseo masculino que se limitan a consentir cuando son deseadas.

El caso de Anabel, por ejemplo, es paradigmático: se quedó bloqueada durante la agresión sufrida y no dijo “NO”. Resultado: su agresor fue absuelto. La frase «me estás haciendo daño» no fue considerada suficiente.

Aún más: mantenernos en el paradigma del consentimiento conlleva a que un % significativo de víctimas de agresiones y de abusos sexuales no denuncien porque entienden que inicialmente consintieron, y cuando quisieron echarse atrás ya no se les permitió parar.

Las coacciones a las que nos vemos sometidas para restringir nuestra libertad sexual y someterla a los deseos masculinos son constantes y diarias:

  • Si no quieres follar: estrecha, amargada, frígida
  • Si quieres follar: puta, zorra
  • Si quieres follar pero algo va mal y te arrepientes: calientapollas
  • Si quieres follar pero no con él: puta
  • Si quieres follar él, pero no como él quiere: reprimida
  • Si quieres follar pero no con hombres: bollera, no has probado una buena polla
  • Si te viola: ¿le provocaste? ¿lanzaste señales contradictorias? ¿Cómo ibas vestida? ¿Por qué subiste a su piso si no querías nada? O bien ¿Qué hacías en esa calle sola a esas horas?

La LIBERACIÓN SEXUAL no consiste en follar mucho: consiste en follar con quien quieras, cuando quieras, y como quieras. Si es que quieres. Y si dejas de querer, poder echarte atrás sin peligro, sin coacciones, sin chantajes y sin violencia. De ahí la importancia del cambio de paradigma basado en el deseo compartido, en el placer mutuo, y no tanto en el consentimiento pasivo y el sometimiento al deseo ajeno. Nuestro cuerpo nos pertenece, no está para complacer deseos ajenos; nuestra sexualidad también nos pertenece. La batalla es por reapropiarnos de nuestro cuerpo, de nuestra sexualidad y del espacio público.