La mala chica y los buenos chicos

Autora: Cinta Tort Cartró
Autora: Cinta Tort Cartró @zinteta

A raíz de la sentencia por el caso de La Manada, que ha provocado una catarsis colectiva, estoy leyendo algunos análisis (por llamarlos de alguna manera) absolutamente vomitivos. Podría resumirlos en dos tipos: el de los buenos chicos conmocionados porque una condena así les podría pasar a ellos, y el de las chicas buenas e inteligentes a quienes nunca les pasaría algo así porque ellas nunca se emborracharían ni se irían con 5 desconocidos.

En el primer tipo tenemos desde Enrique de Diego que afirma que ahora el sexo en grupo pasa a ser delito (solo si una de las personas no quiere participar, Enrique, si te acabas de enterar de esto tienes un problema) hasta forococheros que afirman que el sexo hetero se ha convertido en una actividad de alto riesgo para los hombres ante la posibilidad de que la mujer cambie de opinión al día siguiente y les denuncie. Y, por supuesto, el propio entorno de los violadores que afirman sin rubor que «la chica les traicionó«. Hay que ver, las mujeres siempre tan traicioneras: la acorralan en un portal, abusan de ella entre cinco, la dejan dolorida y sola, le roban el móvil para que no pueda contactar con la única persona con la que ha ido a una ciudad distinta a la suya, y la muy traicionera va y los denuncia. No se puede confiar en las mujeres, pobres chicos.

Dejo para otra entrada los de «si no le pusieron una pistola en la cabeza ni la amenazaron con rajarla, no hubo violencia así que ella lo hizo porque quiso y los han condenado por una denuncia falsa«, porque esto de «en ausencia de violencia todo es voluntario» merece un comentario aparte y en profundidad.

Lo cierto es que no por previsibles dejan de ser menos impactantes y dolorosos estos intentos rabiosos de reivindicar una masculinidad construida sobre los éxitos de lograr quebrar la voluntad para obtener un consentimiento que será cualquier cosa menos entusiasta en lugar de construirse sobre el placer compartido y el deseo mutuo. Quiero pensar que esta forma de enfocar las relaciones está francamente en retirada  y a lo que asistimos es a los últimos estertores de una bestia que agoniza, pero yo vivo en una burbuja feminista, no soy objetiva.

El otro análisis es el que me apena de verdad. La falta de empatía entre mujeres, más aún cuando lo que están valorando desde una posición de pretendida superioridad moral es un delito contra la libertad sexual de otra mujer (juzgado, sentenciado y condenado), es siempre dolorosa.

La que no quiera líos que no se vaya por ahí con tíos con malas pintas. Si no le hubiesen grabado y robado el móvil seguro que no denuncia.

Este tipo de análisis, viniendo de otra mujer, me atraviesan como un puñal.

Soy perfectamente consciente de los efectos calmantes que tiene creer que vives en el lado seguro del patriarcado, que a ti nunca te pasarán esas cosas porque tú eres de las listas, de las que no se iría de noche con unos desconocidos con malas pintas, que a ti no te pasará nunca nada porque esas cosas solo les pasan a las mujeres que van por ahí pidiendo guerra, que se emborrachan de forma imprudente, que van calentando y luego cuando quieren parar ya es demasiado tarde. En pocas palabras: que eso le ha pasado por guarra.

No es, qué sé yo, como si una marca apenas conocida como Budweiser hubiera anunciado la Bud Light como la forma perfecta para eliminar el «NO» de tu vocabulario nocturno, por ejemplo.

La idea de que delitos como los ocurridos en Pamplona en el 2016 solo les ocurren a las mujeres imprudentes o que se comportan como unas guarras tiene efectos tranquilizadores, qué duda cabe. Pero tiene el pequeño problema de ignorar que en el 70% de los casos el abusador es un miembro de la propia familia y en un 20% un conocido cercano. Y el 10% restante, en su mayoría tampoco encaja con el violador con pasamontañas agazapado en un callejón oscuro que te pone una navaja en el cuello, sino más bien en la idea de una relación sexual inicialmente consentida que, en algún momento y por las razones que sean, quieres parar y no te dejan. En resumen: no solo nos puede pasar a cualquiera, sino que además nos culparán a nosotras por «lanzar mensajes ambiguos«.

Señalar además el robo del móvil como un elemento material sobre el que podemos sentir un cierto apego como factor determinante, y no como un elemento más que contribuye a acrecentar la indefensión de una chica sola, de madrugada, en una ciudad desconocida, donde ha ido con un único amigo con el que no puede contactar… la idea que me transmite es que sois un asco de personas sin la más mínima capacidad de empatía.

Si esto sigue mucho tiempo más, no voy a poder contener las ganas de vomitar.

 

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Jessica Fillol

Me llamo Jéssica, nací en el 81 y vivo en Barcelona. He estudiado Marketing y Ciencias Sociales. Meto la pata con frecuencia y no me duele cambiar de opinión. Un poco demasiado feminista según casi todos los hombres que conozco. Me ponen de mal humor los lunes sin café, los que comparten su música del móvil con todo el mundo por no usar unos malditos auriculares, los hombres machistas, las mujeres machistas, la gente que fuma sin preguntar si molesta, y las personas que creen que la ignorancia y la estupidez son cualidades admirables.

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