Estoy total y absolutamente convencida de que, en este momento, en alguna sala acristalada del CNI, hay un equipo de sociólogos armados con drones, controlando la cantidad de gente que sale a la calle en cada núcleo urbano cada nuevo día de confinamiento, cómo evolucionan los conflictos sociales en frecuencia e intensidad, el número de llamadas a la policía para denunciarnos unos a otros, las variaciones de estados de ánimo que estamos experimentando socialmente, y cómo se traduce eso en los discursos en redes sociales que, a su vez retroalimentan el comportamiento hipervigilante sobre/de nuestros vecinos.

Y, si no hay nadie (que lo dudo) haciendo trabajo de campo, recopilando datos, haciendo predicciones, y analizando no sólo cómo nos está afectando el confinamiento, sino el nivel de sometimiento que somos capaces de alcanzar como sociedad y hasta qué punto podemos llegar a colaborar y contribuir a la construcción de un estado fascista, pese a algunas válvulas de escape convenientemente organizadas como la cacerolada al rey o el homenaje al personal sanitario en defensa de la sanidad pública… Yo me ofrezco voluntaria.

Ojalá tener los medios y la capacidad para recopilar un volumen de datos de esta magnitud, analizarlos y sacar conclusiones, porque el fenómeno está siendo una mezcla entre fascinante y espeluznante.

Los medios de comunicación están haciendo la parte que les corresponde en la redefinición del nuevo comportamiento normativo: difundiendo ejemplos de ciudadanos que han interiorizado rápidamente las nuevas normas y ejercen el control social de manera coactiva, gritando e insultando a peatones desde sus ventanas y llamando a la policía; y a la vez mostrando los comportamientos inadecuados en este nuevo escenario para el público escarnio. Jamás antes vi como ahora a presentadores de noticias y líderes de opinión, desde sus tribunas de audiencias millonarias, abroncar a la ciudadanía como lo he visto hacer estos días. Ni cuando dan la información de los accidentes de tráfico con alcohol de por medio los he visto echarnos unas broncas como las que estoy viendo desde el sábado en los informativos.

En los grupos de whatsapp se ha pasado ya al chantaje emocional del tipo «por tu culpa que has salido a la calle hay muertos, gente en paro, empresas que cierran, familias que no pueden comer, yo no puedo ver a mi hijo…»

Sinceramente, no sé qué es peor: si la presión social, la amenaza policial o el chantaje emocional.

Lo que tengo claro es que, una vez haya pasado todo esto, la naturaleza de las relaciones sociales habrá cambiado drásticamente. El germen de la desconfianza que se ha sembrado durante esta crisis permanecerá, el capital social que tanto ha costado construir ha sido destruido en menos de una semana. Podéis prometeros a vosotros mismos que cuanto esto pase, que cuando esta rutina excepcional acabe, nos tocaremos, nos besaremos y nos abrazaremos… Pero será solo a «los nuestros«, y «los nuestros» son cada vez menos, el grupo de «nosotros» se ha empequeñecido de manera radical y «los otros» ahora son más numerosos y dan más miedo. El estado de alarma ha dinamitado el concepto de comunidad, nos queda como mucho el de familia al que aferrarnos.

Algo que hoy mucha gente desconoce es que el CIS lleva preguntando por el grado de adhesión a los valores democráticos y el nivel de legitimación del sistema democrático desde la Transición. Quiero ver cómo evolucionan los resultados en respuesta a esta pregunta, y sobre todo qué uso político se le va a dar aprovechando la coyuntura.

Cuando todo pase, tal vez miraréis en vuestro interior y cuando asimiléis hasta qué punto habéis colaborado en la vigilancia, el señalamiento y el sometimiento de vuestros vecinos, tal vez aliviéis vuestras conciencias diciéndoos que pensabais que vuestras vidas y las de vuestros seres queridos corrían peligro, pero en el fondo sabéis que este fenómeno trasciende el miedo.

Si alguna vez os habéis planteado cómo es posible que la sociedad alemana hiciera la vista gorda ante un régimen como el nazi, o incluso colaboraran con el nazismo ya sea de forma activa o mirando hacia otro lado… ve a tu ventana, esa desde la que has estado controlando al vecindario en estos últimos días, pero en vez de mirar hacia fuera mira hacia dentro, a tu interior, observa cómo te sientes cuando ves pasar a alguien caminando frente a tu ventana mientras tú estás encerrado en casa.

Esa rabia y ese miedo que sientes que justifica lo que en cualquier otro contexto sería intolerable. Esa forma tan natural en la que has interiorizado las nuevas normas de un estado policial sin libertad de tránsito ni de reunión que te permite llamar a la policía si ves a una pareja paseando cogida de la mano. Así fue como se fraguó la tolerancia social hacia el régimen nazi.

Actualización 23/03/2020Dije que ya debían estar controlando con drones los núcleos de población importantes para obtener datos de quien está siguiendo el confinamiento y quien no, y me equivoqué: lo están haciendo a través del móvil. Qué ingenua soy.

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Yo soy… ¿español/a? Construcción de la identidad de las personas con padres/madres que han migrado a España

Serie completa:

Una socióloga confinada. DÍA 1 (domingo). Incertidumbre

Una socióloga confinada. DÍA 2 (lunes). Control social

Una socióloga confinada. DÍA 3 (martes). Performance espontáneas

Una socióloga confinada. DÍA 4 (miércoles). Seguridad y sensación de control

Una socióloga confinada. DÍA 5 (jueves). Legitimidad democrática

Una socióloga confinada. DÍA 6 (viernes). Capital social y religión

Una socióloga confinada. DÍA 7 (sábado). Disciplina y otras áreas de análisis

Una socióloga confinada. DÍA 8 (domingo). Metodología

Una socióloga confinada. DÍA 9 (lunes). Tolerancia social a la violencia

Una socióloga confinada. DÍA 10 (martes). La importancia de la comunidad

Una socióloga confinada. DÍA 11 (miércoles). La Gestapillo de balcón desde un punto de vista sociológico

Una socióloga confinada. DÍA 12 (jueves). Recolección de datos sociológicos

Una socióloga confinada. DÍA 13 (viernes). Una sociedad sin ritos

Una socióloga confinada. DÍA 14 (sábado). La dimensión económica

Una socióloga confinada. DÍA 15 (domingo). Un brazalete azul para distinguir a «los buenos» de «los malos»

Una socióloga confinada. DÍA 16 (lunes). Hipótesis de trabajo y marco teórico

Una socióloga confinada. DÍA 17 (martes). La importancia del frame

Una socióloga confinada. DÍA 18 (miércoles). Propuestas encaminadas a una renta básica universal

Una socióloga confinada. DÍA 19 (jueves). Coronavirus y clase social

Una socióloga confinada. DÍA 20 (viernes). El tratamiento a la tercera edad

Una socióloga confinada. DÍA 21 (sábado). El miedo como mecanismo de control social

Una socióloga confinada. DÍA 22 (domingo). Todos somos héroes

Una socióloga confinada. DÍA 23 (lunes). ¿Por qué lo llaman «renta básica» cuando quieren decir «subsidio temporal»?

Una socióloga confinada. DÍA 24 (martes). La mascarilla como burka laico

Una socióloga confinada. DÍA 25 (miércoles). Sobre la estadística de prevalencia epidemiológica

Una socióloga confinada. DÍA 26 (jueves). Datos estandarizados

Una socióloga confinada. DÍA 31 (martes). Obediencia o protección. La estrategia del pie en la puerta

Una socióloga confinada. DÍA 34 (viernes). «Gracias por tu labor en el hospital/súper, pero no queremos que vivas aquí mientras dure la pandemia»

Una socióloga confinada. DÍA 37 (lunes). Cómo combatir los bulos

Una socióloga confinada. DÍA 40 (jueves). La chaqueta de Zara de Pablo Iglesias y el poder transformador de las emociones