Es común que, cada vez que se produce un caso de violencia de género, los medios de comunicación añadan el latiguillo «y no constaban denuncias previas». Pero en un 40% de los casos sí, constaban denuncias previas, incluso órdenes de alejamiento en vigor como en el último caso de 2020.

Una mujer asesinada en Torrejón de Ardoz la pasada Nochevieja delante de sus hijos por parte de su expareja, denunciado en 2014 por maltrato y con una orden de alejamiento en vigor de una semana antes de que la asesinara, y en la misma resolución en la que el juez establece las medidas de protección, también establece el régimen de visitas a los hijos.

El presunto autor de la agresión con ácido sulfúrico a su expareja y una amiga en Cártama hace menos de una semana tenía SIETE (7) ÓRDENES DE DETENCIÓN y seguía en libertad.

En esos casos es razonable preguntarse ¿qué ha podido fallar? Lo que ha fallado en ese caso concreto, lo desconozco. De todo lo que falla a nivel sistémico, institucional y social, sí puedo hablar. Puedo hablar yo, y de hecho habla el Tribunal Supremo cuando en una sentencia hace patente la revictimización que sufren las víctimas durante todo el proceso cuando se atreven a denunciar que han sido violadas. Y habla la subdirectora general de Atención a Víctimas de Violencia de Género de la Comunidad de Madrid, Elena Granados, cuando advierte de que ANTES de animar a las víctimas a denunciar, PRIMERO hay que activar todos los mecanismos institucionales y poner todos los medios para proteger a esas mujeres, y no simplemente animarlas a denunciar y que se busquen la vida mientras nos desentendemos del infierno que se les abre a continuación.

En primer lugar, en permitir que un maltratador peligroso siga teniendo acceso a sus hijos. Un maltratador no puede ser un buen padre. No es posible meter a las criaturas en una burbuja y aislarlas de la relación de pareja que tiene lugar en el mismo domicilio, en los mismos lugares. Los niños y niñas hijos de maltratadores interiorizan esos patrones de conducta y normalizan las respuestas ante el maltrato, se les está transmitiendo un comportamiento tóxico que no les beneficia. El interés superior del menor no es que puedan ver a su padre, si este les transmite una educación, unos modelos de conducta y de relación perjudiciales que afectarán a su desarrollo psicosocial. Podríamos hablar durante horas sobre cómo los juzgados de familia colaboran con el maltrato, cómo contribuyen a cronificar la violencia sobre la mujer haciendo que les resulte todavía más difícil escapar, de la revictimización institucional a través del régimen de visitas, y cómo estos juzgados con nula sensibilidad resultan cómplices necesarios como en este caso para que el asesino ejecute su sentencia de muerte.

¿Qué ha fallado? En primer lugar, resulta evidente que ha fallado la protección a la víctima. Resulta que tenía una orden de protección, un papelito donde se establecía una orden de alejamiento del agresor, y resulta que esta orden no era un escudo protector invencible, resulta que la orden de alejamiento se podía saltar. ¿Quién podía haberlo imaginado?

Y es que el primer mecanismo que falla es la respuesta institucional cuando la víctima acude a denunciar. Nadie que no haya pasado por ello puede imaginarse lo duro que es dar ese paso y atreverse a denunciar. Llegar al punto de no retorno de poner una denuncia implica llevar acumulado todo un infierno de maltrato previo. La denuncia es la última opción. Estoy convencida de que todas las mujeres que han denunciado maltrato de sus parejas, han probado mil estrategias antes, como recurrir a la familia, a amigos, incluso negociar con el propio maltratador para intentar que baje el nivel de violencia… Y ninguna ha dado resultado. Cuando una mujer víctima de violencia de género entra por la puerta de una comisaría, está ya al límite. Y cuando acude a denunciar, se encontrará de todo menos facilidades.

Para empezar, quien te tiene que recoger la denuncia no es cualquier policía que pase por allí y te pueda atender, sino en el caso de Catalunya, en los Mossos d’Esquadra, tienen que ser los mossos adscritos al GAV, al Grupo de Atención a la Víctima. Y es muy probable que, cuando acudes a denunciar, en comisaría no haya nadie de ese grupo. Porque hayan salido a una intervención de urgencia, porque estén en una formación, porque estén fuera de horario, etc. De modo que cuando por fin has tomado la decisión de denunciar, con toda la carga psicológica que eso comporta, y llegas a comisaría, puedes pasarte sentada en una silla de plástico durante 3, 4, 5 horas o más sin que nadie te atienda. Incluso que vuelvas una y otra vez y ocurra lo mismo. Hablamos a menudo de las mujeres que retiran la denuncia o no se ratifican, y también de las que están tan atemorizadas que ni se lo plantean. Pero de las que ni siquiera llegan a ponerla por las trabas con las que se encuentran cuando ya habían tomado la decisión de denunciar, de ellas nadie se acuerda, y ahí la administración tiene un enorme trabajo que hacer. El Estado tiene deuda tremenda con esas mujeres valientes a quienes desalentó de denunciar a sus agresores para continuar perpetuando la impunidad de la violencia contra las mujeres, porque un Estado que no es capaz de proteger a sus ciudadanas es un Estado fallido.

Y aún tenemos que agradecer que, desde que se aprobó la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG), algo hayamos avanzado. Al menos ya no te mandan de vuelta a casa con la recomendación de no enfadar aún más a tu marido, no sea que las consecuencias (para ti) sean aún peores. Por lo menos ahora hay cierta conciencia social y se lo toman un poquito más en serio. El problema es que no hay recursos. Y una ley sin recursos es como el que tiene tos y se rasca los huevos.

No hay medios, no hay recursos, no hay personal, no hay dinero, no hay formación, no hay sensibilidad ni empatía con las víctimas, si no hay implicación, por mucho que tengamos una Ley Integral, es como si no tuviéramos nada. Si tú llegas a una comisaría, y por muy en serio que se tomen la lucha contra esta lacra, no hay personal para poder atenderte, no sirve de nada. Si tú llegas a comisaría, hay una sola persona para poder atenderte, te pasas horas esperando y al final consigues que te atiendan, y esa persona no tiene la capacidad de comprender las particularidades propias de una víctima de violencia de género (de vinculación afectiva con el agresor, de dificultades emocionales para denunciar, etc.), tampoco sirve de nada. Y si en lugar de ser tú misma quien acuda a comisaría, va a denunciar un testigo, un amigo, un familiar que ha presenciado el maltrato, y le dicen que si no eres tú como víctima quien denuncia no sirve de nada, tampoco vamos a ningún lado.

Aprovecho la ocasión para comentar que es MENTIRA que solo pueda denunciar la víctima y no pueda hacerlo un testigo por ejemplo, pero este es un argumento frecuente para desalentar las denuncias interpuestas por terceros.

En segundo lugar está el juez que decreta las medidas de prevención en función de la valoración de riesgo. ¿Cómo se mide el riesgo que representa un maltratador? Mediante los tests estandarizados denominados VPR: Valoración Policial de Riesgo. Consiste en un test que se le pasa a la propia víctima en el momento de denunciar, y en función de sus respuestas se cataloga el riesgo en una escala de cinco niveles: no apreciado, bajo, medio, alto y extremo. En función del nivel de riesgo apreciado, se ponen en marcha unos protocolos de actuación, que tiene que ordenar un juez. Si hay indicios racionales de maltrato o amenaza y una situación objetiva de riesgo, el juez PUEDE (no significa que efectivamente lo haga) ordenar protección. Si no se dan estas dos condiciones, no se dicta ninguna orden. El problema es que la valoración se hace a partir de las respuestas que aporta la víctima, y por mucho que el test esté estandarizado, las respuestas no lo son y de ahí que en muchos casos la policía falle a la hora de valorar el riesgo al que está sometida la víctima. Y es que las respuestas de la víctima hay que tomarlas en su contexto, y ese contexto hay que comprenderlo para poder interpretarlo adecuadamente, y para eso hace falta formación en violencia de género.

Para empezar, la mujer que acude a denunciar ya lo hace condicionada ante la posibilidad de que, con su denuncia, le joda la vida, le pueda acabar metiendo en la cárcel, cuando ella solo quiere librarse del maltrato. Conviene no olvidar la vinculación afectiva de años que une a víctima y maltratador. De ahí que a la hora de pasar el test, algunas respuestas estén sesgadas. Ante la pregunta de «¿te ha amenazado en los últimos días o semanas?» sí es posible dar una respuesta objetiva, porque hay constancia de mensajes de whatsapp amenazantes, de llamadas o mensajes en el contestador con amenazas verbales, o por cualquier otro método. Pero cuando la siguiente pregunta es «¿y crees que podría llevar a cabo esas amenazas?«, ahí ya entramos en un terreno pantanoso, en una valoración mucho más subjetiva. En el caso, por ejemplo, de las niñas asesinadas en San Juan de Arena hace unos años, la madre solicitó una orden de alejamiento para ella (que no le fue concedida) pero no para sus hijas, pues consideraba que su expareja no era un hombre violento. Y es que este condicionamiento psicológico debería ser fácilmente comprensible: es el hombre que ha sido tu pareja, con quien has compartido tu vida, con quien habías planificado un futuro, el padre de tus hijos… ¿Cómo vas a pensar que cumplirá sus amenazas? Y por ahí las valoraciones policiales de riesgo fallan, porque esos indicios objetivos, no son tan objetivos, se basan en la percepción subjetiva de la víctima acerca del riesgo que corre. Y es que no se le puede exigir a la víctima, por mucho que sea quien mejor conoce al maltratador con quien ha convivido, que sea capaz de determinar objetivamente el grado de peligrosidad al abandonarle o denunciarle. Para eso se supone que tenemos en la policía a expertos en criminología y violencia de género, ¿no? Precisamente ella acude a comisaría buscando estos recursos, buscando que alguien más objetivo que la ayude y la saque de ahí, porque ella no es capaz, porque no tiene las herramientas emocionales adecuadas para poder salir de ahí por sus propios medios. Por eso acude a comisaría a denunciar. Normal que estos protocolos fallen tan a menudo. ¿Cómo es que a nadie se le ha ocurrido aún darle una vuelta?

A nivel institucional, estos son algunos de los mecanismos que fallan a la hora de proteger a las víctimas. Y ni siquiera entro ya en el juicio y el tormento revictimizador que supone, estoy hablando únicamente del momento de denunciar, que debería activar una serie de mecanismos de protección, donde falla todo. Pero a nivel social también tenemos mucho que revisarnos. Para empezar, ir descartando ya esa frase tan manida de «¡denuncia, mujer!» que a lo que suena es a «pues denuncia y no me cuentes tu vida, que esto no va conmigo». Lo que hacéis cuando la mandáis a denunciar es tirarla por el precipicio institucional, dejarla sola y abandonada a su suerte.

Hace unos años se lanzó una campaña para la prevención de la violencia de género que a mí personalmente me parece de lo más acertada, porque abre el objetivo y pasa de retrato a panorámica. En lugar de centrarse en la víctima, y esporádicamente en el agresor, esta campaña se centra en el entorno: una corona de flores de parte de tus familiares, amigos y vecinos que lamentan no haber hecho nada. Debería darnos qué pensar.

Y es que a nivel social también hay muchas cosas que fallan a la hora de proteger a las mujeres que están sufriendo maltrato. Para empezar, esa idea que comentaba anteriormente de «pues denuncia». O su equivalente, «pues déjalo y ya está», que es tanto como decirle «a mí no me cuentes tu vida».

También muy arraigada y peligrosa es la dinámica de alcahueta, el colaborar para que la pareja «arregle» su relación:

«todas las parejas discuten», «dos no pelean si uno no quieren», «no será para tanto», «estaría enfadado, no le des más importancia», «seguro que podéis arreglarlo», «piensa en tus hijos, necesitan a su padre», «mira que si le denuncias le vas a joder la vida»…

Como sociedad también tenemos que trabajar mucho en identificar la violencia machista y la respuesta que damos al respecto. Tenemos tan normalizadas ciertas conductas que deberían ser una señal de alarma clarísima, que no le damos importancia hasta que la violencia se desborda y se sale de los límites socialmente aceptables. Y todos estos mensajes normalizadores dificultan a la víctima salir de su situación.

Cuando una mujer nos explica episodios de violencia económica, psicológica, incluso física, o aún más difícil de relatar, de violencia sexual… no lo está haciendo para que validemos su relación y pueda seguir adelante con su vida sin que nada cambie. Es un grito desesperado de socorro, lo que necesita es que alguien le diga que no está loca, que no se lo inventa, que todas esas situaciones son violencia. Y cuando lo que respondemos son frases hechas del tipo «todas las parejas discuten, es normal, dale otra oportunidad», la estamos devolviendo al infierno más sola que nunca, le estamos dificultando el proceso de salir. Le estamos poniendo piedrecitas en el camino que conduce a comisaría, antes incluso de que se plantee esa opción ya nos hemos encargado de ponerle un montón de trabas para que el camino hasta que logre liberarse de una vida de humillaciones y sometimiento sea aún más duro.

¿Y entonces qué podemos hacer? Escuchar, comprender, acompañar sin juzgar, intentar no rebajar la tensión ni normalizar la violencia, estar ahí sin infantilizarla, respetar sus tiempos. Comprender que le va a costar muchísimo salir de ahí y que seguramente tiene motivos que puede que no te pueda explicar porque probablemente aún ni siquiera ha racionalizado. Entender que puede que todavía no tenga los mecanismos psicológicos, ni la fuerza, ni la energía, ni las herramientas emocionales que le permitan poder salir por sus propios medios. Solventar el problema con un «pues yo no lo toleraría» o «pues déjale y ya está» solo le envía el mensaje de que ni la estás escuchando ni la comprendes, no estás siendo de ayuda. Intentar comprender los motivos objetivos que la mantienen atrapada y sobre los que sí podemos incidir desde fuera ayudan mucho más. Estoy pensando en problemas de orden logístico como por ejemplo que no tenga recursos económicos, o que no tenga a dónde ir, o que tenga hijos y no tiene quien se los cuide, etc. En esas cuestiones sí podemos trabajar, y las redes de cuidados de familiares y amigos son básicas para su sostenimiento emocional y para su supervivencia.

¿Que no tiene a dónde ir? Quédate en mi casa, en mi sofá, donde sea. ¿Que no tiene a quien contarle lo que le pasa? Tienes mi teléfono, llámame, a cualquier hora del día o de la noche, voy a estar ahí para lo que necesites. ¿Que está sola? Acompañarla. Al médico, a comisaría, a trabajo social del ayuntamiento, a donde haga falta, que no esté sola. Ese tipo de respuestas sí ayudan.

Es muy importante respetar sus tiempos, y también sus incoherencias y sus contradicciones. Puede que aún no esté preparada para dar el paso de salir, pero esas conversaciones que tiene contigo en las que te explica cómo se siente, si respondes sin juzgarla y sin normalizar la violencia, ayudan a que tome conciencia de una situación que ya le está generando ruido interior, porque de otro modo no te las estaría contando. Es posible que te llene de frustración y de impotencia ver que no da el paso. Vas a tener que lidiar con ello y respetar que se tome el tiempo que necesite hasta que llegue a tomar esa decisión si se siente escuchada y acompañada. Si la presionas en exceso para que tome una decisión para la que no está preparada, como abandonarle y/o denunciar, lo que conseguirás es que se aleje de ti. Si la juzgas y la presionas considerará rápidamente que no eres una persona en quien confiar en un momento de pánico. En cambio, si siente que no está sola, le resultará mucho más fácil salir de ahí, aunque todas las personas implicadas en su acompañamiento debéis tener claro que no será un proceso rápido ni sencillo, y que será muy doloroso.

El acompañamiento psicológico (antes, durante y después), es bienvenido aunque soy consciente de que con la seguridad social tampoco podemos contar, los precios de una consulta privada son prohibitivos y la cantidad de sesiones necesarias probablemente estén fuera de su alcance.

Resumiendo:

  • No presionarla ni juzgarla
  • No mandarle mensajes normalizadores de su situación
  • Escucharla con empatía
  • Acompañarla, no dejarla sola
  • Respetar sus tiempos
  • Tratar de resolver los inconvenientes logísticos que le dificultan salir de esa situación

Cuando desde las campañas institucionales, generalmente relacionadas con el 016 y la prevención de la violencia de género, se nos lanza el mensaje de «no estás sola», realmente lo que siente una víctima es una sensación de entre fraude y decepción, siente que sí está sola. Hagamos realidad esta promesa institucional de «no estás sola». No dejemos solas a las mujeres víctimas de la violencia de género.