Concentración madres protectoras contra el maltrato institucional

La semana pasada se convocaron 17 concentraciones simultáneas, en sendas ciudades españolas, coordinadas por el Consejo Nacional de Mujeres Resilientes de la Violencia de Género. Una concentración en la que asociaciones feministas y de madres protectoras pedían el fil del maltrato institucional, del abandono y desprotección que sufren por parte de la administración de Justicia. Ahora que el caso de Rocío Carrasco ha traído el concepto de «violencia vicaria» a la actualidad mediática y social, estas madres piden que los jugados de familia y de violencia contra la mujer entiendan de una vez en qué consiste la violencia vicaria que sufren las criaturas, arrancadas de su madre con el argumento de que esta «se preocupan demasiado» («preocupación mórbida» es el concepto que hacen constar en los informes) cuando las mujeres detectan síntomas de abusos sexuales o de maltrato hacia sus hijos o hijas.

¿Qué es preocuparse en exceso? ¿Qué madre no se preocuparía si detecta que su hija puede estar sufriendo abusos sexuales por parte de su padre? ¿Dónde está el límite entre la preocupación razonable y la preocupación excesiva en una situación de estas características?

Denuncian que el interés superior del maltratador se sigue anteponiendo por delante de todo. Están alertando ante una sociedad anómica, porque que los juzgados de familia y los de lo penal no actúan de manera coordinada, de tal manera que padres que están siendo investigados por posibles delitos de abusos sexuales tienen hoy la custodia en exclusiva de sus hijas, que padres sobre los que hay investigaciones abiertas por maltrato tienen hoy la custodia en exclusiva de sus hijos, que no se permite a esas madres ni siquiera ver a los menores, que se les impide protegerlos, que la justicia no las escucha, que las administraciones públicas les dan la espalda.

Cuando en un proceso de divorcio un padre lleva un mes sin ver a su hijo o hija, automáticamente se ponen en marcha todos los mecanismos de la administración para velar por el interés de ese padre para que pueda ver a sus hijos o hijas, aunque esté siendo investigado por abusos. Cuando es la madre la que lleva AÑOS sin poder ver a sus hijos o hijas, sin haber cometido ningún delito, no pasa absolutamente nada. Con suerte, algunas de ellas pueden ver a sus criaturas una o dos horas al mes, vigiladas y controladas, en un punto de encuentro familiar, sin poder abrazarles, ni llorar, ni decirles que les quiere.

Este maltrato institucional, este abandono, esta desprotección, es lo que el Consejo Estatal de Mujeres Resilientes denunció el pasado 17 de mayo en varias concentraciones simultáneas en diferentes ciudades españolas. En Barcelona la concentración tuvo lugar delante del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, que lleva haciendo oídos sordos a sus reivindicaciones durante años, y la encargada de leer el manifiesto fue Silvia Aquiles. Solo dos medios se hicieron eco de la noticia: Público y El Salto Diario, en el resto de medios silencio absoluto. Total, solo son madres luchando por proteger a sus criaturas, ¿a quien le importa? Cuando ocurre un caso como el del padre que secuestró a sus hijas en Canarias (no están desaparecidas: están secuestradas) y nos preguntamos cómo ha podido ocurrir, cómo se ha llegado a esa situación, como es que nadie las protegió. Pues así se llega a esta situación: con madres pidiendo ayuda desesperadas ante el comportamiento del padre, y las administraciones públicas dándoles la espalda, mirando para otro lado, amparando el intocable derecho del pater familias por encima del bien superior del menor.

El caso de Rocío Carrasco ha servido para que señalemos a los medios de comunicación y así sentirnos un poco mejor responsabilizando a otros, pero aquí tienen culpa TODOS. Los medios, los poderes públicos, las instituciones democráticas, la sociedad en su conjunto que prefiere fingir que nada de esto está ocurriendo ante nuestros ojos. La violencia de género necesita del amparo social para que se produzca. Basta ya de minutos de silencio, basta ya de discursos vacíos y golpes de pecho, y empiecen a hacer ALGO DE VERDAD por proteger a estas mujeres y a sus criaturas, que mucho «¡denuncia, mujer!«, pero cuando se atreven a dar el paso y denunciar, las dejáis tiradas en la cuneta.

Me llamo Jéssica, nací en el 81 y vivo en Barcelona. He estudiado Marketing y Ciencias Sociales. Meto la pata con frecuencia y no me duele cambiar de opinión. Un poco demasiado feminista según casi todos los hombres que conozco. Me ponen de mal humor los lunes sin café, los que comparten su música del móvil con todo el mundo por no usar unos malditos auriculares, los hombres machistas, las mujeres machistas, la gente que fuma sin preguntar si molesta, y las personas que creen que la ignorancia y la estupidez son cualidades admirables.

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