La polémica de Anabel Alonso y el lenguaje inclusivo

Hace unas semanas se desató la enésima tormenta tuitera en un vaso de agua, cuando la actriz Anabel Alonso cuestionó una expresión relativa al lenguaje no sexista utilizada por Luna de Miguel en un artículo de El País en el que hablaba de «personas menstruantes».

De un modo un poco torpe, intentó señalar la supuesta incoherencia de repetir como un mantra la consigna «las mujeres trans son MUJERES»…

… y en cambio, para hablar de procesos que afectan en su inmensa mayoría a las mujeres y que forman parte del núcleo principal de nuestras opresiones como grupo social, del origen de la división sexual del trabajo, como son el embarazo o menstruación, entonces hablemos de «personas gestantes», «cuerpos menstruantes», «personas con útero», o como en una publicación reciente de The Body Shop, «menstruators», como si de una versión mejorada del satisfayer se tratase.

Ahora que han pasado ya unos cuantos días y la polémica se ha aplacado un poco, es un buen momento para hablar de lenguaje inclusivo y lenguaje no sexista, aprovechando el ejemplo de Anabel Alonso. Hoy quiero hablar de cómo el activismo tóxico utiliza las acusaciones de transfobia y la etiqueta TERF como mecanismo coactivo para silenciar y amedrentar. Sé que no os gusta que señale cómo la violencia contra las mujeres está amparada por las estructuras sociales de un modelo de activismo que justifica esa violencia por una buena causa, pero lleváis ya muchos años con esa violencia.

De las primeras en sufrirlo fue JK Rowling cuando dijo que solía haber una palabra para describir a «las personas que menstrúan»

No me cansaré de repetirlo: se está explotando de una forma magistral el sentimiento de culpa y la ley de cuidados grabada a fuego en la socialización femenina por parte de ciertas personas con una agenda oculta y con intereses en juego. Las aliadas teatreras son las más dañinas, porque creen estar protegiendo a un colectivo ultravulnerable y no dudan en agredir a mujeres y en legitimar la violencia contra las mujeres en esa defensa a ultranza. Pocas cosas me dan más miedo que una mala persona con una buena causa.

¿Ya no os acordáis de las volteretas mentales que tuvimos que hacer para no mencionar la palabra MUJER (horas de discusión) en aquel infame comunicado de Locas del Coño para explicar que nos tumbaron la página porque el logo parecía un coño… y cuando la nueva generación lo rehizo, le pusieron un flequillo a lo Donald Trump y contaron que en realidad siempre había sido hoguera…?

Hace años que la palabra «MUJER es tabú en los espacios feministas, salvo para hablar de «MUJERES TRANS».

Para hablar de literalmente cualquier cosa que afecte a las mujeres y sus opresiones, hay que incluir a los hombres trans. El lenguaje inclusivo se ha convertido en el nuevo masculino genérico. Antes las mujeres debíamos sentirnos incluidas en el 49% de la población porque el masculino genérico ya nos incluye y no es necesario mencionarnos, y ahora las mujeres debemos sentirnos representadas renunciando de nuevo a nombrarnos para dar cabida al 0,5% de hombres trans. Y mientras tanto, lo que no se nombra no existe. Tanto tiempo luchando porque se generalice el uso del lenguaje no sexista, y con el lenguaje inclusivo hemos dado un triple salto mortal con tirabuzón para volver a caer en el mismo sitio. O aún peor: además de invisibilizadas, troceadas, reducidas a órganos o meras funciones corporales. Es por eso que digo que el lenguaje inclusivo es el nuevo masculino genérico.

Hemos decidido que es moderno e inclusivo separar el género de la capacidad reproductiva en los análisis feministas, y nos hemos ventilado de un plumazo la excusa para la división sexual del trabajo. Con dos cojones. Pretender que la exigencia de virginidad y pureza antes del matrimonio no es un problema de mujeres porque «hay mujeres con pene»; que la ablación del clítoris no es un problema porque «hay mujeres con pene»; que los abortos selectivos en cuanto te ven el coño en una ecografía no es un problema de mujeres porque «hay mujeres con pene»… todo esto es una estrategia de silenciamiento y de invisibilización a la que se han sumado con alegría las aliadas teatreras, flagelándose por sus múltiples privilegios de mujeres cis y mandando callar.

Prueba de agudeza visual: adivinad qué palabra ha desaparecido en los últimos años de las campañas contra la mutilación genital femenina…

La campaña de cancelación, insultos y silenciamiento que ha vivido Anabel Alonso la hemos vivido muchas, con mayor o menor violencia directamente relacionada con nuestro grado de exposición pública. Todas las que en algún momento hemos dudado en voz alta, hemos preguntado, hemos cuestionado el discurso dominante en los espacios feministas, hemos sido apartadas, silenciadas, estigmatizadas.

Y en esas estaba, señalando las estructuras que posibilitan que dentro del activismo feminista se ejerza violencia contra las propias mujeres, cuando Julia Barceló me señaló que a ella esto nunca le ha pasado, que ella pertenece a ese grupo de buenas chicas.

Este «yo no, a mí no, yo nunca, a lo mejor tú sí porque te lo mereces» es un grito «sálvese quien pueda» que hace que no te considere parte de mi trinchera. Es el mismo discurso, Julia, que el de «a las buenas chicas no les pasan cosas malas«:

A mí nunca me han violado porque yo soy una buena chica que no salgo de noche ni coqueteo con desconocidos; a mí nunca me han maltratado porque yo soy una chica lista que elijo bien a mis parejas y no me voy con el malote de turno; a mí no me han llamado tránsfoba porque… porque no levanto la voz ni me cuestiono nada.

Parafraseando a Edmund Burke, «para que el mal triunfe, solo se necesita que las mujeres buenas no hagan nada«.

Se suponía que con las redes sociales todo el mundo tendría voz, podría hacerse oír, no iba a ser necesario tener la propiedad de un medio de comunicación para poder expresarse y ser escuchada… Paradójicamente, la palabra que he visto más veces repetida en twitter es «CÁLLATE».

Me llamo Jéssica, nací en el 81 y vivo en Barcelona. He estudiado Marketing y Ciencias Sociales. Meto la pata con frecuencia y no me duele cambiar de opinión. Un poco demasiado feminista según casi todos los hombres que conozco. Me ponen de mal humor los lunes sin café, los que comparten su música del móvil con todo el mundo por no usar unos malditos auriculares, los hombres machistas, las mujeres machistas, la gente que fuma sin preguntar si molesta, y las personas que creen que la ignorancia y la estupidez son cualidades admirables.

4 thoughts on “La polémica de Anabel Alonso y el lenguaje inclusivo

  1. A mi me ha tratado de TERF mi propia hija (TRANS) por haberle pedido que me defina segun ella qué significa ser mujer. Soy tan terf que soy yo quien le paga las hormonas.

  2. Jessie querida. No se que haría yo sin dosis regulares de tu blog. Haca ya años que me parto los cuernos en esta pared. Como si nada, oyes. En fin, paciencia. Para cuatro dias que me quedan. Tengo 74 años. No menstruo desde hace 20 y me ligué las Trompas hace 40, asi que tampoco «gesto». En que categoría gilipollosa se me pondría en este mundillo desquiciado?
    Un abrazo de oso(/osa/plantigrado neutro?).

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