El asesinato de Samuel y la Ley Trans

¿Qué tienen en común la ley trans y el asesinato homófobo de Samuel Luiz? Pues, aunque os sorprenda, tienen más en común de lo que pueda parecer a simple vista.

No, antes de que os echéis las manos a la cabeza, no estoy utilizando un asesinato homófobo para hacer propaganda tránsfoba, que nos conocemos y sabemos ya cómo va el percal. Espera un momento, escucha a ver si por una vez podemos llegar a entendernos. No pretendo comparar ambos casos, lo que intentaré (con mayor o menor fortuna, me lo diréis vosotras) es explicar, mediante el ejemplo de la reacción social que ha tenido la investigación del asesinato de Samuel, cómo algo que se ha entendido perfectamente en su caso, es decir, que las discriminaciones no operan por lo que eres, sino por lo que la sociedad percibe que eres, en el caso del asesinato de Samuel se ha entendido perfectamente, mientras que en lo que respecta a la ley trans fingimos que es irrelevante cómo la sociedad te perciba.

Bajo mi punto de vista, la frontera está muy clara mediante un concepto que ha acuñado precisamente el activismo trans: el cispassing. Me explico.

Es posible que, cuando publique esta entrada dentro de una o dos semanas, la información que conocemos sobre la investigación del caso haya quedado desfasada, pero permitidme contextualizar. Lo que sabemos hasta ahora es que Samuel y una amiga salieron a la calle y estaban haciendo una videollamada cuando un broncas, el típico que hay en todos los barrios buscando jaleo con cualquier excusa, se le encaró al grito de «maricón, deja de grabarme o te mato«. Él y media docena de energúmenos más finalmente le mataron de una paliza entre gritos de «maricón«.

Los investigadores de la Policía que llevaron el caso, Alfredo Perdiguero al habla, descartaron rápidamente el móvil homófobo con los siguientes argumentos: no se conocían de nada, por lo tanto no podían saber cual era su orientación sexual; además, en el momento de la agresión Samuel iba con chicas, así que *obviamente* según los investigadores de la policía, que son gente muy lista que ha estudiado oposiciones, que ve colillas y dice «aquí han fumao«, llegaron a la conclusión de que no podía ser un crimen homófobo. Que los asesinos le gritaran «maricón» mientras le daban una paliza, y la víctima resultara ser gay, debió ser una casualidad muy casualidosa que tiene a todos los expertos sorprendidos por su enorme poder adivinatorio. Es un misterio.

Ante este estado de cosas, la comunidad LGTBI no da crédito a la desconexión de la policía de la realidad homófoba que viven a diario. Cientos de hombres gais han explicado en redes sociales su experiencia en relación a insultos y agresiones homófobas desde antes incluso de tener ellos mismos noción de su propia orientación sexual. No son pocos los que han explicado que en el colegio, desde muy pequeños, antes de su propio despertar sexual en la pubertad, ya recibían el consabido insulto de «maricón». Una amiga de los agresores lo evidencia: le insultaron por lo primero que percibieron de él, si hubiera sido gordo le habrían llamado «gordo de mierda», y si hubiera llevado gafas le habrían dicho «te rompo las gafas». Para ellos, que ser gay es algo tan evidente y qje salta tan a la vista como ser gordo o llevar gafas. Porque ser gay no es una categoría social que hace referencia única y exclusivamente a las relaciones sexoafectivas, es una categoría política que te adjudica un estatus subordinado en la estructura social.

Y es que es irrelevante si Samuel, o cualquier otro llegados a este punto, era gay, bisexual, o heterosexual que no encaja en el canon heteronormativo. Lo importante, el detonante, no es lo que eres: es cómo la sociedad te percibe, y en función de eso, qué rol te asigna, en qué estatus te coloca en la jerarquía sexual dentro de la estructura social de nuestro contexto sociocultural.

Lo que se conoce como «radar gay» no es un súperpoder propio de los X-Men, comerte una polla no es como que te pique una araña y de repente ya estés listo para unirte a los vengadores. Se trata de una serie de señales culturales, una especie de balizas, como las señales luminosas que delimitan la carretera e impiden que te salgas de la vía cuando conduces de noche.

Esa es una de las cuestiones que hace que la consigna «mujer = hembra humana adulta» se me quede cortísima, porque omite todo ese conjunto de señales culturales que hacen que se nos identifique como mujeres, y que a muchos hombres también se les identifique como gais. Cuando tú ves a un bebé en un carrito que lleva pendientes, una diadema para recogerle el pelito y patucos rosas, no necesitas mirar dentro del pañal para saber que es una niña, lo deduces inmediatamente por todo ese conjunto de señales. Y ese bebé, por su parte tampoco necesita hablar para expresar el género con el que se identifica, ya se encarga la sociedad de atribuírselo y de generar toda una serie de expectativas en base a él.

La pluma, la ropa, los comportamientos… toda una serie de roles y estereotipos que funcionan con el colectivo gay como señales dentro del catálogo de signos disponibles en cada contexto histórico y sociocultural, operan como soporte a la categorización social, del mismo modo que lo hacen la ropa, la apariencia física o los comportamientos para las mujeres, y que no son innatos, son aprendidos para conducirnos en la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Y esas señales son las que la sociedad percibirá para colocarnos en un determinado estatus dentro de la estructura social: en la cúspide de la cadena alimentaria, los señoros hetero de clase media, y por debajo el resto. Cuando un twittero dijo que Ylenia se había quedado pallá por la coca, y ella le respondió que lo suyo era más el popper, entendimos perfectamente lo que le estaba diciendo, porque hacía alusión a una señal socialmente reconocible.

Si esto, que se ha entendido de una manera tan clara en el caso de Samuel, es decir, que las discriminaciones no operan en base a lo que eres sino en base a lo que la sociedad percibe de ti… ¿por qué, cuando hablamos de mujeres trans, fingimos que la sociedad no funciona igual?

¿Por qué en el caso de hombres gais nos damos cuenta enseguida de que la sociedad les discrimina y les agrede por lo que percibe que son, y en el caso de las mujeres trans asumimos que cómo la sociedad las perciba es irrelevante y que

¿Por qué en el caso de hombres gais nos damos cuenta enseguida de que es posible sufrir agresiones homófobas antes incluso de ser consciente de que se es gay, porque la sociedad te percibe como tal… pero en el caso de mujeres trans es indiferente cómo la sociedad las perciba, que estarán siempre «doblemente oprimidas, por mujer y por trans»?

¿Por qué se ha instaurado sin debate hasta el punto de cristalizar en un texto legal, que del concepto “TRANS” el “TRÁNSito” es opcional? ¿Por qué fingimos que el punto del tránsito en el que te encuentres no importa para cómo la sociedad te percibe?

Y aquí es donde quería yo llegar: al cispassing. Si socialmente se te identifica como hombre y se desencadenarán todos los estereotipos y expectativas correspondientes a esa categoría social, del mismo modo que le ocurría al bebé con patucos rosas y diadema. Lo que en el caso de los hombres gais se ha entendido tan rápidamente, cuando hablamos de mujeres trans fingimos que no aplica y miramos para otro lado: la sociedad opera en base a las categorías que te asigna, no por las categorías con las que te identificas tú.

Si socialmente se te lee como hombre, la sociedad te tratará como un hombre y te colocará en el lugar correspondiente en la jerarquía sexual. Que esa sea una categoría social con la que no te identifiques, a efectos prácticos es irrelevante. Del mismo modo que a Samuel se le percibió como gay, y eso desencadenó la violencia que le mató. Del mismo modo que las mujeres somos objeto de misoginia por cómo se nos lee, y a las mujeres butch son además objeto de lesbomisoginia, sean lesbianas o no, por cómo son percibidas.

Por eso llevo mucho tiempo diciendo que el primer borrador filtrado en febrero de la futura ley trans, y todo el entramado teórico que la sustenta, son una ficción sociológica: se basan en un paradigma socioconstruccionista que se ha impuesto como si de una realidad se tratara. La idea de que el lenguaje construye realidades de tal modo que condiciona pensamientos, actitudes y acciones, es una teoría consolidada en ciencias sociales. Siempre pongo el mismo ejemplo: no es lo mismo un perrito abandonado que un chucho callejero, no nos predispone en la misma actitud. Pero de ahí a pretender que el lenguaje es, por sí solo, capaz de dinamitar categorías sociales sobre las que nuestra sociedad está construida, como es la dicotomía sexual y a partir de ahí la división sexual del trabajo, va un abismo. Y ese es un poco el resumen de la teoría de la performatividad del género, a grandes rasgos: la idea de que el conjunto de señales que nos identifican socialmente como mujeres u hombres es hackeable e interpretable a demanda. Lo que subyace es la idea de que solo con nombrarte mujer eso ya te convierte en mujer a ojos de la sociedad, cuando lo que esta lee no es tu identidad, sino el conjunto de señales que emites, que podríamos resumir (a grandes rasgos y con muchos matices) como expresión de género.

¿Y dónde encaja en todo esto el género no binario? Pues no encaja. Simplemente. El género no binario no tiene contenido en nuestro contexto sociológico, no está disponible dentro del conjunto de elementos culturales que nos ubican en una posición u otra. ¿Eso significa que las personas no binarias no existen? No, ni mucho menos. Eso significa que definirse como «no binaria» es una posición política que no tiene relación con el sistema jerárquico sexo/género: es equivalente a identificarse como vegana, socialista o del Espanyol. Un posicionamiento político plenamente respetable, pero ninguno de ellos tiene reflejo en el DNI. Tendrán reflejo en el carnet de socio del PACMA, del PSOE o del Espanyol, pero no en el DNI. Y no, tampoco te pueden discriminar por algo que no es percibible socialmente: no se te puede discriminar porque te identifiques con un ornitorrinco, me creo que te puedan discriminar por las pintas, pero ese es otro tema.

Me llamo Jéssica, nací en el 81 y vivo en Barcelona. He estudiado Marketing y Ciencias Sociales. Meto la pata con frecuencia y no me duele cambiar de opinión. Un poco demasiado feminista según casi todos los hombres que conozco. Me ponen de mal humor los lunes sin café, los que comparten su música del móvil con todo el mundo por no usar unos malditos auriculares, los hombres machistas, las mujeres machistas, la gente que fuma sin preguntar si molesta, y las personas que creen que la ignorancia y la estupidez son cualidades admirables.

1 thought on “El asesinato de Samuel y la Ley Trans

  1. Me ha encantado! Quizá estaría bien que se enlazara en alguna parte quiénes son esos «hombres» que se autoidentifican como «mujeres».

Puedes aportar tu opinión (con educación) aquí:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.