Un daño irreversible, de Abigail Shrier. Análisis a fondo

Review a fondo del esperado libro de Abigail Shrier, «Un daño irreversible. La locura transgénero que seduce a nuestras hijas». Un libro muy esperado desde el movimiento feminista abolicionista de género (radfem), desde una perspectiva norteamericana, sobre el auge de las adolescencias trans.

SPOILER: Aunque podamos estar de acuerdo en algunos aspectos de su marco teórico, el libro no está a la altura de lo que promete y además es problemático por varios motivos.

Creo que lo más honesto es empezar esta reseña precisamente por los aspectos más problemáticos del libro, que no son pocos. No me voy a referir a la ideología de la autora, voy a intentar separar escrupulosamente autora de obra, primer lugar, aunque en ocasiones sea complicado. Entre otras cosas porque, a estas alturas del siglo XXI, equipara «heterosexualidad» con «normalidad», y se queda tan ancha.

Aún así, creo que lo más problemático del libro es que no es un ensayo, ni lo pretende. No tiene vocación científica, es una recopilación de entrevistas a partir de las cuales extrae sus conclusiones, sin metodología, sin rigor, plagado de prejuicios… Y, como bien sabemos, el plural de anécdota no es datos.

También cabe mencionar, pese a lo esperado del libro por parte del movimiento feminista abolicionista de género, que no estamos ante un libro feminista. No le busquéis una visión de género al libro porque no se la vais a encontrar. Más bien cae en algo que llevo tiempo denunciando, y es la instrumentalización del activismo feminista para la agenda política de la derecha. Tenemos que ser especialmente cuidadosas con esto, porque los enemigos de mis enemigos no son mis amigos, y más pronto que tarde podemos llegar a arrepentirnos de haber cultivado determinadas alianzas.

Y esta ausencia de visión de género es palpable cuando habla, por ejemplo, de las «infladas estadísticas de agresiones sexuales en los entornos universitarios» como un miedo inducido que puede estar en el origen de muchas transiciones. Plantea que el declararse trans es para muchas universitarias asustadas por una posible agresión sexual fantasma es un posible mecanismo de huida. Y aquí me gustaría detenerme un momento. Vamos a hacer como si hubiéramos leído lo de las «infladas estadísticas», y recordar el libro de Roxane Gay, «Hambre».

En hambre, Roxane, relata la agresión sexual que sufrió, y cual fue su mecanismo de respuesta a partir de ahí: comer y engordar para, de este modo, hacerse invisible a la mirada masculina. Este fue su mecanismo de defensa, su forma de huir, de esconderse de los hombres, su forma de pasar desapercibida y así protegerse de una nueva agresión sexual. Según la teoría de Shrier, la transición de género podría operar en el mismo sentido, como un mecanismo de huida de la mirada masculina provocado por el miedo.

Teniendo en cuenta como digo que no estamos ante un libro con vocación científica, cabe señalar aún así en punto y aparte la falta de rigor de algunas de las fuentes que utiliza. En concreto, cita al Dr Ray Blanchard como fuente de autoridad por haber trabajando con cientos de personas trans en terapia. Este autor es quien acuñó el concepto de «autoginefilia». Pero también es el mismo doctor que teorizó que las madres que da a luz hijos varones sucesivos, tienen más posibilidades de tener hijos gays porque, y cito textualmente:

«durante el embarazo producen anticuerpos que atacan a los antígenos específicos del macho, lo que dificulta la diferenciación sexual en el cerebro de los fetos masculinos«. Literal. ¿Cómo te quedas? Personalmente, creo que es motivo más que de sobra para que descartemos el término «autoginefilia» del argumentario.

No niego que, entre el extenso catálogo de fetiches y parafilias, pueda existir la de que alguien se excite sexualmente al verse utilizando ropa del sexo opuesto. De hecho, ni siquiera sé si el término «parafilia» se sigue utilizando o ha sido desechado por la sexología. Y no lo digo de coña, en antropología el concepto «raza» era utilizado hace décadas y ha caído en desuso, ahora se prefiere el concepto «origen étnico». La sexología no es mi campo, así que no me extrañaría que el concepto «parafilia» ya no se utilizara, así que me vais a perdonar si es así, pero creo que nos entendemos.

El hecho de que no sea un libro con vocación científica hace que caiga con frecuencia en terminología amarillista, tendenciosa y ausente de rigor. Habla de «contagio», de «epidemia», de «locura» y de «mafia activista», por ejemplo. Cuando bien podría haber utilizado conceptos con bastante respaldo académico en la sociología, como son la diferenciación social, la necesidad de pertenencia, la presión de grupo, los métodos no coactivos de control social, etc.

También es problemático el argumento del arrepentimiento, porque es el mismo que utiliza la extrema derecha para impedir el derecho al aborto. Las cifras de arrepentimiento y detransiciones que manejamos hoy pueden ser un argumento para no alentar alegremente a la transición médica, pero en ningún caso para una posición frontal.

También menciona un dato que me parece que requiere desarrollo. Indica que únicamente el 12% de los hombres trans (mujeres asignadas al nacer que transicionan a hombre) se acaban sometiendo a una faloplastia. Su premisa es que el falo es la característica definitoria de la virilidad, y que por lo santo si el 88% no se somete a esta intervención, es porque no desean ser hombres en realidad, pero tienen claro que no quieren ser niñas. Dejando al margen lo de que el falo sea la característica definitoria de la virilidad, que eso merecería un desarrollo aparte, lo importante creo es que se deja en el tintero muchísimas explicaciones que ni siquiera contempla, como por ejemplo el miedo. Una faloplastia no es una intervención sencilla, pese a los avances de la medicina, y someterse a una operación que puede dejar secuelas irreversibles y que, si no sale bien, podría lastrar tu vida sexual para siempre, no parece un argumento que pueda descartarse tan a la ligera.

Menciona también a influencers que afirman que la testosterona aporta legitimidad a la transición. Cabe recordar que todo el libro de Abigail está enfocado en niñas que dicen ser chicos trans como forma de escapismo social a partir de una moda promovida en los centros escolares. En cualquier caso, las hormonas en general, afirma que aportan legitimidad al proceso de transición, que lo dotan de verosimilitud: si tomas hormonas, no estás jugando a disfrazarte, eres trans de verdad. Pero eso choca con la evidencia de que activistas trans como por ejemplo Elsa Ruiz luchan contra esa visión, afirman que todas las formas de ser trans son válidas (con o sin hormonas, operaciones, etc.).

Y tenemos también el famoso video de la FELGTB, en el que Alex, madre de cuatro hijes, nos contaba que es posible ser mujer sin haber hecho ningún tránsito y estando plenamente conforme con un cuerpo y una apariencia que socialmente se identifican con el género masculino. Lo cual me lleva a preguntarme: si no transitas a ninguna parte, ¿qué es lo que te convierte en trans?

En cambio, teniendo en cuenta todas las prevenciones anteriores, podríamos decir que en cierta manera estoy de acuerdo con su marco teórico, aunque no lo haga explícito, esté horrorosamente explicado y plagado de prejuicios.

Estamos de acuerdo en que un fenómeno social puede tener su base y expandirse gracias a los medios de comunicación, las modas, la necesidad de pertenencia y de diferenciación social. Estamos de acuerdo en que la adolescencia es una etapa de gran confusión, plagada de cambios, de dolor e intensidad emocional. Padres y madres muchas veces no saben cómo actuar, el mundo cambia muy rápido y es lógico que muestren apoyo absoluto hacia sus hijos e hijas adolescentes. La adolescencia también es una época de cambios corporales que marcan profundamente el proceso de socialización, especialmente en el caso de las niñas, que tendrán que lidiar con la sexualización temprana y con la presión estética a la que serán sometidas. Estamos también de acuerdo en que las políticas antibullying han permitido llevar a colegios e institutos la educación en favor de la diversidad sexual. Y estamos también de acuerdo en que es propio de la adolescencia explorar los límites, la propia identidad, transgredir las normas…

Abigail Shrier también aporta algunos datos que desconocía, y que me han parecido interesantes o me sugieren preguntas que sin duda el activismo trans catalogaría como tránsfobas, pero me da igual, si no podemos plantearnos dudas el conocimiento no puede avanzar.

Entre las preguntas que me sugiere el libro, la primera es la de la supuesta inocuidad de los bloqueadores de la pubertad. ¿Realmente son tan inocuos como pretende el activismo trans? Nos dicen que son medicamentos 100% seguros porque se llevan utilizando hace décadas en niños y niñas «cis» con una pubertad precoz, y que por lo tanto es posible parar el desarrollo durante la pubertad durante años, poner el cuerpo en pausa, y más tarde continuar como si nada. ¿De verdad esto no tiene efectos físicos, mentales ni sociales? Me cuesta creer que pueda empezar a tomar bloqueadores de la pubertad, pongamos, a los 10 años, poner el cuerpo en pausa hasta los 14 o 15, y después dejar de tomarlos, ¿y desde dónde continúa el desarrollo corporal? ¿Desde los 10 años, que fue donde apreté el botón de pausa, pero con todos los compañeros de clase teniendo 15, las hormonas revolucionadas y todo lo que eso implica? Me cuesta mucho creer que no existan implicaciones corporales, emocionales y sociales en esto.

Pero además nos dice que la abrumadora mayoría, casi el 100% de quienes empiezan con bloqueadores de la pubertad, continúan con hormonas cruzadas más tarde, lo cual me lleva a pensar que la transición social no es un acto tan banal, y que desdecirse tiene costes sociales enormes. Como sabemos, la identidad requiere de la participación de toda la sociedad: es emergente, es contextual, es negociada y es oposicional; en el caso de la transición social, requiere que toda la sociedad y en concreto su entorno participe de la nueva identidad, reafirmándola: que utilicen el nuevo nombre y los pronombres apropiados, que adapten el papeleo, que le permitan utilizar el baño y el vestuario del género reclamado, etc. Y por otro lado, que las hijas de aquellos entornos familiares que no han apoyado la transición social, entre el 70% y el 85% de los casos, la disforia desaparece «por sí sola», y aquí me gustaría saber si realmente el motivo es la madurez tras pasar la adolescencia, o bien el posponer la transición hasta haber alcanzado independencia económica o distancia emocional de un entorno que obviamente no la apoya.

Menciona la comorbilidad de trastornos mentales con el fenómeno trans, y problemas de aislamiento social para relacionarlo con la necesidad de pertenencia. Afirma (aunque aportando datos bastante confusos) que cuando una adolescente se declara trans, automáticamente su popularidad aumenta, y que las redes sociales han potenciado este fenómeno. Ella lo atribuye al smartphone, y aunque las explicaciones monocausales tienden a ser incompletas, no es un fenómeno que haya pasado desapercibido. En la entrevista que le hice a José Luis García, especialista en el efecto de la pornografía en adolescentes, comentó que el regalo estrella en la comunión es el teléfono móvil. Esto pone en manos de niños de entre 8 y 10 años un aparato con conexión a internet y sin supervisión, momento a partir del cual tienen acceso al porno. Abigail nos dice que los adolescentes de hoy pasan menos tiempo en persona con amigos, y más tiempo frente a una pantalla en redes sociales, y que el acceso al smartphone a edades tempranas ha potenciado este fenómeno. Los adolescentes actuales informan de mayores ratios de soledad, ansiedad, depresión, autolesiones, tentativas de suicidio y anorexia entre otros TCA que generaciones anteriores.

Abigail nos habla de grupos de amigos en los que de repente varios se declaran trans a la vez, lo que me lleva a pensar que el fenómeno social de la necesidad de pertenencia no funciona como ella cree que funciona. No sé hasta qué punto el fenómeno que ella relata es representativo, pero sí me creo que en ciertos ambientes LGTBI-friendly el número de identificaciones trans sea mayor que entre un grupo de militantes de VOX. De hecho, lo que me parecería sorprendente es que en una asamblea de VOX haya un gay latino, una lesbiana negra, una trans con hijab y une persone no binarie de género fluido. Lo que sí me parece llamativo es que grupos de adolescentes se definan como del colectivo LGTBI+ (independientemente de la letra escogida) a edades muy tempranas, antes de haber experimentado su primera relación sexual o romántica.

También relata casos en los que las familias han aislado a la adolescente del entorno que le refuerza la identidad trans, y que esto conllevó que esa identidad acabara decayendo. Como decía anteriormente, no podemos saber cual es la variable explicativa, pero al mencionar el aislamiento social apunto como posibilidad que esa transición social ofrezca la posibilidad de hacer un «reset» a todo lo que está mal en sus vidas, y les permita empezar de cero, del mismo modo que alejar a la adolescente de su entorno y mudarse a otro estado o ponerla a trabajar en una granja opera de la misma forma, haciendo un «reset» a toda su vida anterior.

Abigail afirma que toda esta «locura trans» (sus palabras, no las mías) tiene como origen unos padres excesivamente permisivos que han dado como resultado niños mimados en exceso. Argumenta que se les ha delimitado en exceso el territorio para la rebelión porque sus padres les han apoyado en todo, y de este modo el único espacio que les queda para la transgresión consiste en transgredir el género. Apoya esta afirmación en que la mayoría de personas trans procede de familias blancas, de clase media y de izquierdas, y que ser trans les ofrece la posibilidad de escapar de una identidad dominante, del colectivo opresor. Estas premisas en cuanto a la composición del colectivo trans me parecen bastante cuestionables, yo lo atribuiría más bien a lo sesgado de su muestra.

Una última pregunta que me ronda después de leer el libro, es si todo lo que no sea terapia afirmativa es automáticamente terapia de conversión. Negar la posibilidad de explorar fuentes alternativas a esa posible disforia, a ese dolor, especialmente si hay comorbilidad con determinadas neurodivergencias, autismo, asperger, o trastornos como depresión, ansiedad, fobia social, TCA, TLP, quizá un historial de abusos… Suena a dejadez y abandono, a eludir responsabilidades.

Abigail argumenta que hay buenos motivos por los cuales desalentamos a los adolescentes a hacer alteraciones permanentes en sus cuerpos (tatuajes, piercings, bloqueadores de la pubertad, etc.), y es porque los humanos somos buenos para saber lo que queremos en este preciso momento, pero menos buenos para predecir si eso nos producirá la satisfacción futura que le atribuimos en el presente.

Los adolescentes fracasan al evitar comportamientos de riesgo que sus compañeros aprueban (sexo, drogas, apuestas, hormonas….) y corren más riesgos, especialmente cuando lo que está en cuento es la aprobación del grupo.

Me llamo Jéssica, nací en el 81 y vivo en Barcelona. He estudiado Marketing y Ciencias Sociales. Meto la pata con frecuencia y no me duele cambiar de opinión. Un poco demasiado feminista según casi todos los hombres que conozco. Me ponen de mal humor los lunes sin café, los que comparten su música del móvil con todo el mundo por no usar unos malditos auriculares, los hombres machistas, las mujeres machistas, la gente que fuma sin preguntar si molesta, y las personas que creen que la ignorancia y la estupidez son cualidades admirables.

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